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OBSERVATORIO GLOBAL DE MEDIOS
UNA APROXIMACIÓN AL PAPEL
DE LOS OBSERVATORIOS DE MEDIOS EN UN SISTEMA DEMOCRÁTICO
Ponencia presentada en el Primer Simposio “Comunicación para el
Siglo XXI / Observando a los Medios”, desarrollado en la Universidad
Santiago de Cali, Colombia, los días 13 y 14 de octubre de 2005.
OLGA DRAGNIC
Caracas, septiembre 2005
Creo que es necesario comenzar por una premisa fundamental: al
margen de las especificidades teleológicas y los sistemas operativos
que pueda asumir un Observatorio de Medios, es condición sine cuan
non que, en la sociedad en la cual se inserte, exista un sistema
democrático donde se cumplan las normas básicas para que los
procesos de comunicación social puedan desarrollarse plenamente: la
libertad de expresión, el derecho de informar, el derecho a obtener
una información de calidad, el derecho al libre acceso a las fuentes
informativas, el derecho de réplica y de rectificación.
Sin embargo, los actuales sistemas democráticos no tienen una
configuración homogénea, aún cuando ciertas disposiciones legales
sean comunes a todos. Asimismo, son cada vez más frecuentes las
dudas sobre la vigencia de las llamadas democracias representativas,
al comprobarse su poca eficacia e interés para trascender los
objetivos puramente formales. En el interior de las sociedades,
existe una sensación, todavía difusa, que fue calificada por un
comentarista de la oposición venezolana como “fatiga democrática”.
Frente a la percepción tradicional de la democracia surgen
proposiciones teóricas e intentos concretos para reorientar su
funcionamiento y sus fines en sentido no solo político sino, y
fundamentalmente, social. Se pretende alcanzar, mediante
disposiciones legales y organizaciones sociales de base, una
efectiva intervención de la ciudadanía en la planificación y gestión
de las políticas públicas. Tal es el caso de las democracias
participativas.
Los Medios y la Democracia
Uno de los ejes sobre los cuales se aspiraba a cimentar la relación
ciudadanos-poderes públicos en las democracias representativas era
la prensa: “el verdadero equivalente del Ágora”, sostenía John
Stuart Mill. Los medios fueron percibidos como instancias
fiscalizadoras de la gestión pública , como mediadores entre los
poderes y los ciudadanos, en el sentido de articular demandas,
descontentos y aspiraciones de los últimos ante las autoridades
electas. Al mismo tiempo se les asignaba el deber de ofrecer una
información oportuna e imparcial, como una mediación indispensable
para proporcionar a los receptores los conocimientos que
posibilitaran su formación democrática y ciudadana. Todas las
teorías políticas liberales, desde las clásicas hasta las
contemporáneas, reivindican la importancia de la información en la
constitución del espacio público.
Para que tal mediación fuera posible, sin interferencias de otros
intereses, fue fundamental la consolidación, a mediados del siglo
diecinueve, de grupos de medios independientes, debido a que la
publicidad pasó a ser la fuente de su sustentación financiera.
La llamada Doctrina de la Objetividad había precisado los términos
de esa relación: la publicidad, se estimaba entonces, estaba al
margen de los intereses políticos y, en consecuencia, los medios
podrían cumplir, sin presiones ni condicionamientos, su función
social de informar “objetivamente”. Aunque tal independencia nunca
fue total ni completa, en cierta medida y durante algún tiempo, la
fórmula parecía funcionar. Por su parte, los Estados debían
garantizan la libertad de expresión y de información.
La redistribución de los conocimientos, que siempre son un poder,
debía aminorar el desequilibrio existente entre los sectores
hegemónicos y los estratos menos favorecidos. Se buscaba lograr el
equilibrio entre la libertad e igualdad. Esta era la ecuación que
estaban llamados a cumplir los medios independientes y los
periodistas.
Desde comienzos del siglo veinte, el espectro mediático se percibe
dividido en dos grandes grupos. Por un lado, los medios voceros de
gobiernos, partidos políticos, sectores religiosos o posiciones
ideológicas. Por el otro, las empresas con fines de lucro, no
adscritas a ninguna instancia política, social o religiosa. Estos
medios independientes proclaman su adhesión a los valores
democráticos y se comprometen a cumplir un importante papel en la
formación ciudadana. Pero las denuncias de diversas procedencias
coinciden en señalar que esos medios, a nivel mundial, tienden a
abandonar esa función para transformarse en voceros de sectores
políticos y financieros, al mismo tiempo que asumen estructuras
monopólicas y oligopólicas
Por otra parte, se afirma que los medios se han transformado, o
aspiran a transformarse, en actores políticos, reemplazando a los
partidos políticos tradicionales. Sin embargo, los medios
independientes siguen proclamando, de forma explícita, su primigenio
compromiso social y su autonomía. Por eso, y hasta que no renuncien
a ellos, es procedente reclamarles su cumplimiento. Pero algo debe
haber cambiado en su rol social para que ese reclamo se haga cada
vez más necesario.
Tal vez la experiencia venezolana pueda ilustrar, en alguna medida,
ese proceso. Con el surgimiento de una nueva orientación política,
representada por el triunfo de Hugo Chávez, los medios optaron por
asumir una actitud beligerante. Dejaron de ser independientes,
engrosaron el sector de medios comprometidos con determinada
orientación política, se transformaron en agitadores y a menudo
suplantaron los contenidos informativos por la propaganda. De forma
que los ciudadanos solo disponían de informaciones sesgadas: por un
lado, los medios del Estado, con su tradicional papel de defensores
de los intereses del gobierno de turno, también de corte
propagandístico; por el otro, los medios privados en su papel de
voceros de la oposición. Si bien la intensidad de esas desviaciones
ha mermado un tanto, el ciudadano venezolano todavía no dispone de
una corriente informativa libre de tergiversaciones.
Sin llegar a esos extremos, la misma tendencia se registra en muchas
democracias contemporáneas, a juzgar por consistentes señalamientos
y denuncias. Y eso es lo que debe llamarnos la atención, pues el
caso venezolano podría ser percibido como una crisis de
excepcionales características por causas que no están presentes en
otras democracias.
En el marco de esta problemática sería conveniente referirse también
a un fenómeno comunicacional que ha sido señalado con insistencia:
la metamorfosis que se está verificando en la elaboración de los
contenidos informativos y en el desempeño de los profesionales del
periodismo.
James Reston afirmó que el siglo XIX era el siglo de los escritores
y el siglo XX de los periodistas. Apenas despuntando el nuevo siglo,
surge el temor de que la profesión y la labor periodísticas sean
suplantadas por un profesional y una actividad de tipo híbrido en el
límite entre el publicista y el relacionista público. La nítida
diferenciación que había existido entre periodismo, publicidad y
relaciones públicas, en términos no solo de la especificidad
profesional sino, y sobre todo, en su dimensión ética, parece ser
hoy cada vez más laxa y en muchos casos esos diferentes roles
sociales de los comunicadores se solapan
Por otra parte, las organizaciones supranacionales que se ocupan de
los procesos comunicacionales, como es el caso de la Relatoría
Especial para la Libertad de Expresión de la OEA, concuerdan en sus
análisis con los valores que en las democracias liberales se
corresponden principalmente con los derechos civiles y políticos de
los ciudadanos frente al Estado. De allí que solo se controla y
evalúa la existencia de la libertad de expresión, siempre en
relación con las acciones del Estado. Por esas razones, no entra en
el baremo de esas instituciones la evaluación de los medios
independientes en relación a los derechos ciudadanos a obtener una
información imparcial .
Las comprobaciones de los cambios intrínsecos de los medios, hacen
suponer que el abandono de aquella función que se les había otorgado
no es casual ni responde a una decisión arbitraria. Habría que
preguntarse si ese cambio no obedece a modificaciones surgidas en el
seno de las mismas democracias liberales. De allí que la reflexión
sobre los medios debe orientarse en el mismo sentido que tiene hoy
la revisión de las teorías sobre la democracia y su inserción
social. En ese sentido, gran parte de las reflexiones actuales en
torno a los valores conceptuales y la praxis de la democracia
representativa se orientan a indagar la vigencia de un sistema que
pareciera haber llegado a su punto de agotamiento. Y, presuponiendo
que los medios masivos de alguna manera tienden a propiciar un
sistema político distinto a la democracia liberal, la pregunta que
surge es ¿cuáles pueden ser las consecuencias de ese hecho?
La definición principal de la democracia se basa en el concepto de
“un gobierno del pueblo” que se concretiza a través de las
elecciones. Para que el acto de votar tenga sentido democrático, las
elecciones deben ser libres. Pero, como señala Giovanni Sartori, en
Teoría de la Democracia, la opinión también tiene que ser, en algún
aspecto fundamental, libre, porque “las elecciones libres- afirma-
con una opinión que no es libre no significan nada. Sostenemos que
el pueblo debe ser soberano. Pero un soberano vacío que no tiene
nada que decir; sin opiniones propias, es un mero sancionador,
alguien que se limita a ratificar algo, un soberano de nada “.
¿Cómo se formar una opinión libre? Todos conocemos las técnicas de
manipulación propagandística que se desarrollan en épocas de
elecciones, comenzando por los candidatos, partidos políticos y
grupos de electores, pasando por los sofisticados recursos de las
viejas y nuevas tecnologías mediáticas hasta culminar con encuestas
fraudulentas y los mensajes subliminales. Con esos recursos se puede
lograr adhesión y ganar votos. Pero ni ese voto es libre ni tiene la
esencia de una decisión soberana y conciente. Para la conformación
de una opinión libre el camino es más largo que el tiempo de las
campañas electorales y se requiere de condiciones propicias para que
el raciocinio, y no los estímulos epidérmicos, determine su sentido.
Eso implica que, de algún modo, el votante, tanto en tiempos de
elecciones como en todo momento en su condición de ciudadano, debe
obtener suficientes referencias no manipuladas sobre la res pública
para poder, libremente y acorde con su escala de valores, conformar
una opinión sustentada en el conocimiento y en la reflexión.
Una de las cuestiones más debatidas en los últimos decenios es la
capacidad de persuasión de los medios de comunicación social en un
sistema democrático. Los apocalípticos suelen sostener una posición
rotunda al respecto, otorgando a los medios un poder casi omnímodo
en la conformación de las opiniones e incluso en la determinación de
las actitudes. Pero la disposición de asimilar los mensajes
mediáticos, sin reservas, con plena creencia en la veracidad de las
informaciones que transmiten, no siempre es total.
El caso venezolano de los años 2002 y 2003 es paradigmático al
respecto. Prácticamente todo el sector de los medios privados había
conformado una estrategia informativa y de opinión en función de
lograr un fin político: cambio de gobierno. En cierta medida,
lograron sus objetivos: movilizaron un impresionante grupo humano
que seguía a pie juntillas sus orientaciones, incluso cuando tales
acciones implicaban un alto riesgo personal.
Lo que más llama la atención es la polarización que se produjo en el
interior de la sociedad venezolana. La capacidad de penetración de
los medios de la oposición, en aquel entonces, era abrumadora: más
del 90 % del total. Sin embargo, solo lograron convencer y activar
políticamente a ciertos sectores de las capas medidas de las grandes
ciudades.
Este caso podría ser analizado dentro del concepto que Berelson
elaboró hace algunos años, en el sentido de que existen actitudes
por parte de los receptores que resisten las noticias y las
opiniones dominantes de los medios, debido a las identificaciones
previas. Esta confirmación de la relativa y condicionada capacidad
de persuasión de los medios en ningún caso niega su capacidad de
manipulación. Al contrario, la experiencia venezolana demuestra cuán
peligroso puede llegar a ser el uso irresponsable de los medios: el
país estuvo al borde de una guerra civil.
La Dimensión Ética
Por lo general, al hacer referencia a los valores éticos en los
contextos como la democracia y la comunicación social, o en la
relación entre ambas, se tiende a percibir su vigencia en sentido
restringido: lo que está permitido y lo que está prohibido. Pocas
veces se hace derivar y desarrollar esos señalamientos desde su
carácter teleológico, basado en determinados objetivos que se aspira
a alcanzar con fines altruistas, sintetizados ya en Rousseau como “
el bien común “.
Los compromisos éticos de los medios se basan en la constatación de
su responsabilidad social, debido a los efectos que su desempeño
origina en el interior de una sociedad dada. La responsabilidad,
como concepto filosófico, solo existe cuando el sujeto activo es
consciente de las consecuencias que su acción puede generar. El
adjetivo “social” extiende ese principio a una actividad de
dimensiones extra personales.
Al mismo tiempo, y derivado del concepto anterior, a los medios y a
los comunicadores se les otorga, y ellos lo asumen explícitamente,
una importante función social, de la cual, en una medida
considerable, depende el funcionamiento del sistema y el logro de
los ideales democráticos. Esta función y sus consecuencias no se
limitan a la esfera de lo político, pues también abarca dimensiones
tan amplias y diversas como la cultura, la salud mental o la
convivencia pacífica de un pueblo .
Los dueños, editores y periodistas de algunos medios venezolanos que
asumieron una posición beligerante en el conflicto político-social,
justificaron tal cambio como una necesidad para salvar el sistema
democrático, como un breve interregno que, una vez logrado el
objetivo -cambio de gobierno por medios no democráticos- volverían a
cumplir con su “sagrado deber de informar” como lo expresó el diario
El Universal.
Pero esas experiencias venezolanas pueden ser situaciones límites y
tener solo valor referencial como ejemplo hasta donde puede llegar
una desviación consciente y planificada de los compromisos de
responsabilidad social de los medios. Lo que más preocupa es un
cambio generalizado, sostenido, sutil, no asumido públicamente, que
solo puede ser comprobado fehacientemente mediante seguimientos y
análisis científicos.
¿Qué hacer ?
Considerando las características de la llamada sociedad de la
información y la importancia que han adquirido las industrias de
contenido, la integración industrial que permite la convergencia
tecnológica, los variados desarrollos de la televisión y la
multimedia, la convergencia de inversiones de capital hacia el
sector, entre otros factores, puede afirmarse que este proceso es, a
la vez, el proceso de manipulación de la conciencia social y de
dominio político. Es decir, la manera de concebir y ejercer la
democracia está sufriendo modificaciones de consecuencias
imprevisibles para la convivencia humana.
Tomar conciencia de la gravedad de esos hechos no resulta fácil para
el público receptor, sobre todo cuando muchas de esas modificaciones
vienen envueltas en un simulacro de gratificaciones instantáneas.
Existe, sin duda, descontento y cierta sensación de desamparo y
desconfianza frente a la reorientación de los medios, pero se carece
de una percepción clara de sus causas y, sobre todo, de lo que pueda
hacerse para neutralizar esas desviaciones.
De allí la necesidad de instituciones que, como los Observatorios de
Medios, están llamadas a asumir un papel socialmente relevante. Por
un lado, deben demostrar fehacientemente el abandono de los
principios de responsabilidad social por parte de los medios,
discernir las posibles causas y consecuencias y, por el otro,
orientar a los ciudadanos sobre el uso crítico de los mensajes
mediáticos.
Su trascendencia social debe provenir de la calidad científica de
sus trabajos investigativos, de la total independencia frente a
cualquier sector de poder o grupo de presión, y de su compromiso
moral con los receptores. Sobre estos tres ejes se debería articular
la acción de los Observatorios y, acorde a ellos, estructurar su
funcionamiento.
El objetivo de su razón social deber ser, en primer lugar, la
defensa de un sistema democrático que permita una real participación
ciudadana en la esfera de lo público. En consonancia con los
planteamientos anteriores, tal participación solo es posible si los
miembros de una sociedad disponen de suficientes conocimientos y
referencias que les permitan estructurar una opinión libre para la
toma conciente de las decisiones. Ese precepto presupone la
existencia de la libertad de expresión y las demás leyes conexas. En
ese marco general de valores democráticos se inscribe el trabajo
investigativo que sobre los medios deben emprender los Observatorios
de Medios.
Los planteamientos críticos y reflexiones teóricas sobre la
comunicación social tienen un nivel de indudable claridad y calidad,
en los cuales se identifican los problemas y se señalan las áreas
prioritarias para la investigación empírica. Las dificultades
comienzan cuando se procede a delimitar el objeto de estudio y las
metodologías pertinentes para cada caso. Los problemas por resolver
son múltiples: qué investigar, por qué investigar determinados
aspectos y no otros y, por último, cómo investigar. Estas
incertidumbres deben ser resueltas en virtud de las prioridades de
cada caso específico, sin olvidar las disponibilidades financieras
para afrontar los costos. Más que señalar los casos concretos, ni
buscar soluciones en abstracto, lo que interesa aquí es señalar los
límites dentro de los cuales se debe situar la investigación de los
contenidos periodísticos.
En virtud del derecho de la libertad de expresión, los contenidos
opináticos no pueden ser objeto de un análisis científico según los
parámetros de lo que genéricamente se ha denominado “la calidad de
los contenidos periodísticos”. La doxa solo puede ser analizada y
evaluada en virtud de los derechos humanos y de la seguridad
nacional y personal. Pero es procedente y necesario determinar si
los medios independientes cumplen con uno de los principios de
imparcialidad que se les exige: ofrecer, en sus páginas editoriales,
la expresión de la pluralidad de opiniones existentes en un país.
Se suele asimilar a esta categoría de análisis a los medios no
independientes. Aún cuando en sus ediciones figuren contenidos
informativos, sabemos, por su propia definición, que ellos no asumen
compromisos de imparcialidad. Sin embargo, todos los medios,
cualesquiera que sean sus metas ideológicos o pecuniarias, tienen
una responsabilidad social y legal por el solo hecho de operar en
una sociedad. En las democracias existen valores culturales y
derechos humanos que deben ser observados y defendidos por todos. De
allí que, en determinadas circunstancias y con fines investigativos
específicos, es pertinente analizar y evaluar los contenidos de ese
grupo de medios.
El tercer sector de medios-los comunitarios o populares- debe
satisfacer las necesidades informativas de sectores que pocas veces
tienen acceso a los demás medios. Este grupo podría constituir un
importante campo de análisis, sobre todo para la verificación del
cumplimiento de su carácter comunitario y participativo.
Pero el problema crucial que se enfrenta actualmente es el cambio de
la posición editorial de los medios independientes, cuyo alcance de
penetración y su tradicional inserción y credibilidad en el cuerpo
social siguen prevaleciendo, debido, en parte, a su condición,
cierta o supuesta, de neutrales. Por esas razones, este es el grupo
de medios que, prioritariamente, debe ser sometido al seguimiento,
análisis y evaluación. Esta proposición se basa en dos preceptos:
uno de orden legal; otro de carácter deontológico. El primero es el
derecho de los receptores a obtener una información de calidad,
garantizado constitucionalmente. El mismo se deriva del derecho a la
libertad de expresión y es, como lo precisa Javier Darío Restrepo,
“su objetivo y justificación: el derecho a la información, que es el
derecho de quien recibe”.
El precepto deontológico lo establecen los propios medios
independientes y los periodistas. Los primeros precisan sus
compromisos éticos en relación a los receptores en los Principios
Editoriales de los Libros de Estilo; los periodistas, en sus Códigos
de Ética. En virtud de esas normas legales y éticas se debe orientar
la labor investigativa y la evaluación de esos medios.
El concepto de “la calidad de la información periodística”, que
suele tomarse como baremo para el análisis de medios independientes,
debe ser definido a priori por los Observatorios de Medios, por
cuanto de lo que se entienda por “calidad de la información” se
derivarán los aspectos por analizar, las metodologías para la
investigación y la evaluación de los medios. Bajo esa denominación
se comprende diferentes principios, ideas, normas, valores, siempre
relacionados con los requerimientos informativos de los ciudadanos.
Dos términos generan mayor confusión: la objetividad y la veracidad.
La objetividad ha tenido un largo periplo de vigencia y confusión.
Creo que a estas alturas ni siquiera vale la pena plantearse una
discusión sobre la posibilidad de que el trabajo periodístico pueda
ser objetivo. Los hallazgos de la psicología social y los aportes de
otras disciplinas sociales demostraron fehacientemente las falacias
de ese postulado positivista.
En cambio, el término “información veraz”, que figura en varias
constituciones, crea problemas al momento de evaluar la información.
En la filosofía, la veracidad es una cualidad moral del ser humano,
no de cosas como una información. De allí que la lectura que debemos
dar a esa expresión debe ser referida a los profesionales que
intervienen en la elaboración de los contenidos, en el sentido de
que ellos deben ser veraces en la realización del trabajo
profesional, desde el reportero que investiga un hecho noticioso, y
redacta o narra la noticia, hasta el editor que la titula,
jerarquiza o elabora su presentación icónica. Lo que se exige, en
realidad, es investigar los hechos sin sesgos tendenciosos, y no
mentir al redactarla, jerarquizarla o transmitirla. Toda información
es una versión sobre los hechos, no los hechos en sí. Tampoco se
puede afirmar con certeza que esa versión contenga toda la verdad de
esos hechos. Porque esa versión es una representación de la
realidad, realizada desde las carencias perceptivas inherentes a
todo ser humano, pero con la honestidad del periodista comprometido
con su ética profesional.
Son varios los aspectos que determinan la calidad de la información:
la conformación no tendenciosa ni tergiversada de la agenda, su
jeraquización, la correspondencia entre la titulación y el texto, la
contrastación de las fuentes, el equilibrado y ponderado uso de las
imágenes en la televisión. Cado uno de esos componentes y muchos
otros que sería largo de enumerar, una vez investigados y evaluados
científicamente, dan el índice de equilibrio informativo,
comprendido como la imparcialidad con la cual un medio aborda la
actualidad y elabora y presenta la versión periodística de los
hechos. En la medición de la imparcialidad puede ser de gran valor
el análisis crítico del discurso. Estos son apenas algunos aspectos
a tomar en cuenta al momento de definir los parámetros de la
investigación.
En este texto hemos centrado el enfoque en los contenidos
periodísticos y, específicamente, en su dimensión política, debido a
su relación directa con el sistema democrático. Pero los contenidos
y la acción de los medios abarcan muchos otros componentes de la
vida societaria, tan importantes como lo informativo-político. De
allí que la determinación de qué investigar debe responder a las
circunstancias sociales y mediáticas en cada caso concreto.
La necesidad de que los Observatorios mantengan una total
independencia de todos las sectores del poder no requiere mayor
justificación. No tendría sentido una organización como ésta
adscrita a algunos de los factores políticos o grupos de presión. Su
único compromiso es con la democracia y con los ciudadanos.
Por lo general, los Observatorios se constituyen como asociaciones
civiles sin fines lucro, es decir, forman parte de ese indefinido y
un tanto amorfo conjunto de organizaciones que se llama “la sociedad
civil”. Creemos, sin embargo, que la labor de los Observatorios de
Medios no debería circunscribirse solo al sector de los ciudadanos
sin compromisos políticos, por cuanto los problemas relacionados con
los medios atañen a todos por igual y, como ciudadanos, tenemos los
mismos derechos y la perentoria necesidad de exigirles el
cumplimiento de sus compromisos con la democracia.
¿Cómo podría articularse la relación de nuestra organización con el
múltiple y diverso espectro ciudadano? El Observatorio de Medios
requiere, para su funcionamiento, de apoyos provenientes de
distintos sectores sociales. En ese sentido, las organizaciones
independientes de usuarios de medios pueden ser el soporte más
importante para su inserción social. Para eso, uno de los objetivos
que debería figurar en la agenda de trabajo de los Observatorios, es
la elaboración y difusión de guías para la recepción crítica de los
mensajes mediáticos, concebidos y elaborados según los
requerimientos de cada sector de receptores.
Sin embargo, si es válido el análisis de las causas que originan la
modificación editorial de los medios independientes, y si
efectivamente está en vías de consolidarse un tipo de democracia que
nada tiene en común ni con el proyecto liberal y, menos aún, con la
democracia participativa, no se puede abrigar muchas esperanzas de
que la labor de los Observatorios pueda incidir en una rectificación
de los medios independientes. Porque un sistema que sólo
nominalmente es democrático, que se reproduce mediante la
manipulación de las mentes y las voluntades para mantener su poder
hegemónico, no requiere de medios independientes ni le interesa
auspiciar la formación de la conciencia ciudadana.
Por esa razón, otra de las metas de los Observatorios debería
centrarse en promover la fundación y consolidación de un cuarto
sector de medios, el de servicio público, como la vía más certera
para contrarrestar el predominio de los consorcios mediáticos
privados y de los medios políticamente comprometidos. Esos objetivos
y múltiples tareas de los Observatorios requieren, para su
realización, de respaldos financieros y apoyos institucionales que
no impliquen hipotecar su independencia y que, al mismo tiempo,
garanticen el trabajo científico de los investigadores. Queda, a mi
juicio, un solo sector que debe y puede cobijar con transparencia a
los Observatorios de Medios: las universidades.
Por eso, celebro esta iniciativa que ha promovido la Universidad
Santiago de Cali. No pierdo la esperanza de que también las
universidades venezolanas, una vez que las turbulentas aguas de
nuestros enfrentamientos vuelvan a sus cauces , sigan su ejemplo.
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