OBSERVATORIO GLOBAL DE MEDIOS

Medios en proceso de manipulación de la conciencia social y de dominio público
DEMOCRATIZAR, MASIFICAR

Por Aram Aharonian*

El presente venezolano confirma que el proceso de acumulación de capital en los medios de comunicación -y, más allá, en las industrias de contenido- es a la vez y simultáneamente el proceso de manipulación de la conciencia social y de dominio público. Liberados de las presiones del poder político, que ellos ayudaron a destrozar, los medios venezolanos cayeron bajo el control del poder económico y se mantienen lejos del servicio a los ciudadanos y mucho más lejos aún del debate de las ideas. A lo largo y ancho del mundo, los contenidos y los fines de la comunicación son puestos, cada vez más, en función de los intereses del capital: los medios se convirtieron en arietes de la globalización, en los nuevos misioneros del capitalismo corporativo.
La información y la comunicación, deben ser garantes de un proceso democrático de crecimiento con participación popular. Por ello se hace necesario convertir al comunicador social en un instrumento para la integración, en un facilitador de los procesos que lleven a una América latino-caribeña unida para afrontar los desafíos del futuro. Pero hay algo que no se puede olvidar: no puede haber participación, democracia, ni integración sin el acceso a la verdad. Hoy, los medios de comunicación son los nuevos mercaderes de la realidad y nos bombardean con el estribillo de que lo que no es difundido es como si no hubiera ocurrido. Lo que los medios afirman, queda establecido, y lo que ignoran, prácticamente no existe.
Vivimos una realidad virtual mediatizada. Los medios eligen los actores -quién es el protagonista y quién el antagonista-, escriben el argumento, fijando qué se informa y sobre qué se opina, y conforman el desenlace. Sin duda, el pluralismo de opiniones dentro del medio y el pluralismo de medios dentro de la sociedad asegurarían la democracia y la misma inteligencia. Pero el monopolio de la comunicación hace retornar al ser humano al oscurantismo, a un mundo virtual lejano a la realidad.
Hoy, como producto de la revolución digital que provocó la mezcla del texto, el sonido y la imagen, las fronteras entre el mundo de la comunicación, el de la cultura de masas y el de la publicidad son cada vez más tenues, y las grandes empresas -a través de megafusiones- se han adelantado a. gestionar todo el contenido de estas distintas esferas.
Los procesos de acumulación de capital que antes se daban en un espacio y en un tiempo determinados (en una factoría, en horario laboral), hoy se han trasladado también al espacio privado del hogar, y comparten su desempeño junto con la publicidad y el entretenimiento, que antes disfrutábamos en tiempos de ocio. El espacio privado fue invadido, colonizado, por esta industria de contenidos, que nos da en un mismo paquete, con lazo incluido, la información, la cultura de masas y la publicidad, con el mismo lenguaje simplista, reduccionista, con el mismo fin de manipulación ideológica y consumista.
Nuestras sociedades consumen hoy grandes dosis de información sin saber que es falsa. La clave pareciera ser un sistema de instantaneidad que nadie puede verificar y que en muchas ocasiones no es tal, sino una aviesa manipulación de laboratorios y estudios de cine.
Latinoamérica viene acarreando muchas deudas comunicacionales, como la verdad sobre genocidios, invasiones, latrocinios, represión; lucha indígena, campesina, popular. Y resulta paradójico ver que aquellos dueños de periódicos que fueron cómplices de las feroces dictaduras del cono sur, hoy se rasgan las vestiduras diz que en nombre de la libertad de expresión, insistiendo en confundir la libertad de prensa con la de empresa.
Los actores principales de la globalización, las empresas trasnacionales, juegan un papel por demás importante en el campo de la información. En el mundo de hoy, el primer poder es económico y financiero, y el segundo el poder mediático, que es el aparato ideológico de la globalización. La concentración de riqueza de los países más ricos ha sido en desmedro de la cultura, del bienestar y el desarrollo de las naciones más pobres. A ello debemos sumarle la creciente concentración del poder de la comunicación social en los planos nacionales y también en el trasnacional, para manejar a su antojo el bombardeo en tres dimensiones que parecen unificarse: información, cultura de masa, publicidad.
Hoy, el inmediatismo no permite el análisis de la noticia, y la información pasa a ser más de impresiones y sensaciones, que de verdades y realidades. Además, se ha invertido la torta: las grandes empresas mediáticas venden consumidores a los anunciantes y cada vez más la información tiende a ser solo un gancho.
Los investigadores han constatado grandes coincidencias en los discursos de las grandes empresas en cualquiera de estas dimensiones (información, cultura de masa, publicidad): son rápidos, utilizan frases cortas y títulos impactantes; son sencillos, sostienen un vocabulario básico y capaz de ser entendido por todos; y utilizan permanentemente los elementos de dramatización: se expresan mediante emociones. Transmiten noticias de la misma forma en que uno le habla a los niños: sencilla, brevemente y de forma emocional, conduciendo, inevitablemente, a una concepción reduccionista del pensamiento.

Venezuela, un caso paradigmático

El sistema comunicacional privado de Venezuela, obedeciendo más a las leyes del mercado y a los objetivos políticos que a las de la información, pretende imponer las "verdades" mediáticas, en el sentido de que cuando todos los medios de comunicación dicen que algo es verdad -como por ejemplo que los iraquíes o los chavistas son malos-, eso se impone aunque sea falso. Pero este gigantesco laboratorio de la manipulación mediática en que se ha convertido Venezuela ha demostrado, también, que pese a que todos los medios comerciales callaron el 13 de abril, la verdad real se impuso a la virtual. Aunque las televisoras, las radios y los diarios lo ocultaron, el presidente Hugo Chávez retornó al palacio de Miraflores.
El abandono de la función social por parte de los medios venezolanos y su suplantación por contenidos tendenciosamente orientados, tiene como consecuencia la total desinformación y evidente manipulación de los receptores. Hoy periodismo, relaciones públicas y publicidad se confunden al servicio de los grandes capitales. Todos sabemos que el sentido y el mensaje propagandístico y publicitario no forma ciudadanos, sólo consumidores y borregos. Y en eso, los grandes medios de comunicación hacen su labor, sin interesarles en lo más mínimo los conceptos de soberanía popular y su derivado de ciudadanía. El nuevo paradigma se llama rentabilidad, individualismo, consumismo, formación de una sociedad de idiotas útiles al servicio del gran hermano corporativo.
Los medios han abandonado los preceptos que habían normado su papel y su funcionamiento: su responsabilidad social en tanto intermediarios entre las instancias de los poderes instituidos de cualquier signo - político, económico, cultural, ideológico, militar, religioso, de los grupos de presión, partidos y movimientos sociales - y los ciudadanos.
Esta intermediación implica que no basta con la existencia formal de la libertad de expresión ni con el derecho a la información. Existe, además, la responsabilidad de los medios de proporcionar un tipo de información y de orientación que garanticen realmente una participación más plural, diversa e igualitaria de los ciudadanos en la vida pública.
En Venezuela se aplican todas las técnicas de manipulación informativa y psicológica: ocultamiento de hechos, tergiversaciones, hiperdimensionamiento de los acontecimientos que pudieran favorecer sus posiciones, descontextualización de declaraciones, lenguaje descalificador, títulos que no corresponden con la información...
Y, precisamente, esta situación vivida en Venezuela debe servir para buscar el necesario equilibrio entre las potestades del Estado y las libertades de los medios, sus propietarios y trabajadores, frente al inalienable derecho de la sociedad a obtener una información plural. Más allá de brillantes alegatos académicos, hay una realidad insoslayable en esta América del tercer milenio: la lucha para que el marginado pase a ser ciudadano y el ciudadano deje de ser objeto para convertirse en sujeto. El tema de los medios de comunicación tiene que ver con el futuro de nuestra democracia. Hoy en día la dictadura mediática quiere suplantar a la dictadura militar. Son los grandes grupos económicos que usan a los medios y deciden quién tiene o no la palabra. El que más vocifera contra los cambios, más pantalla logra. Es una especie de precompra de candidatos presidenciables.
El investigador de la UCAB Andrés Cañizález afirma que una información plural sólo será posible mediante una normativa que garantice transparencia en los procedimientos y reduzca al mínimo la discrecionalidad, pues ésta ha conducido siempre a la ausencia de certeza jurídica y, por ende, a interpretaciones abusivas por parte del emisor de informaciones. Según la normativa legal vigente, salvo el señalamiento constitucional sobre el derecho que tiene el ciudadano a obtener una información plural, los medios de comunicación privados no tienen otras obligaciones en el manejo de lo que finalmente viene a ser un bien público, la información. Y, así, cobra fuerza el debate sobre el papel de la comunicación en la sociedad, que no es propiedad de ninguna empresa o consorcio en particular, así como sobre el papel de los canales ciudadanos para hacer uso con responsabilidad de ese derecho que tenemos todos a informar y ser informados.
Desde el punto de vista del derecho internacional es el Estado el primer responsable por la protección de los derechos humanos, pero ello no libera a los medios privados de comunicación y a los periodistas de establecer compromisos éticos transparentes con los ciudadanos, reconociendo que la información tiene un valor social y ello reviste de ciertas responsabilidades a medios y periodistas, en especial en coyunturas de crisis política como la que vive Venezuela. Todo lo que se ha estudiado deja en claro que no se trata de hechos espontáneos y hay suficientes evidencias de que los procedimientos manipuladores de los medios fueron conscientemente planificados y ejecutados como aporte fundamental para el calentamiento del debate político en el cual la batalla mediática es parte esencial de las armas políticas.
Es más, hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en el informe presentado tras su visita in loco de mayo de 2002, resaltó "la escasa y en ciertos momentos nula información en que se encontró la sociedad venezolana en abril. Aunque puedan existir múltiples justificaciones para explicar esta falta de información, en la medida en que la supresión de informaciones haya resultado de decisiones editoriales motivadas por razones políticas, ello debe ser objeto de un indispensable proceso de reflexión por parte de los medios de comunicación venezolanos acerca de su rol en tal momento". Pero, obviamente, poco ha dicho sobre las responsabilidades de los medios en el ejercicio del derecho ciudadano a la libertad de expresión.

Una mirada en el espejo

Más allá de la Constitución de 1999, quienes ejercen el periodismo en Venezuela se han comprometido a hacer cumplir un Código de ética, que en su artículo 6 establece que "el periodismo se debe fundamentalmente al pueblo, el cual tiene derecho de recibir información veraz, oportuna e integral a través de los medios de comunicación social". Es más, el artículo 14 señala que "el periodista propiciará y estimulará el acceso a los medios de comunicación social de opiniones de los más diversos sectores, sin discriminación alguna de sexo, religión, clase social o ideologías"... Estos artículos parece que no han sido leídos, siquiera, por los dirigentes del Colegio Nacional de Periodistas o del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, alineados militante y lamentablemente en la oposición.
Hoy, el nivel de los medios de comunicación social es cada vez más vulgar, más mediocre, en un mundo donde -paradójicamente- el nivel educacional va subiendo. Y he allí uno de los problemas de quienes nos oponemos a esta globalización neoliberal: no parecemos estar capacitados para ofrecer un discurso idóneo, dirigido a las masas. Cada vez hay más grupos de personas insatisfechas con el mensajereduccionista de los medios, personas que exigen conocer la verdad, que saben distinguir la verdad de la mentira.
Lo cierto es que no se ha asumido que el discurso comercial es también un discurso ideológico, agresivo, limitante de nuestra libertad de ciudadano. Sin duda, aquellos que están dentro de la concepción de comunicación alternativa no hacn bien sus tareas, no se comunican bien. Para superar estas deficiencias sería preciso emprender una profunda revisión de los conceptos y de la teoría que hasta ahora han orientado la profesión del periodista y del comunicador social. Al mismo tiempo, habría que actualizar nuestro conocimiento y nuestro dominio de las técnicas que exigen los nuevos multimedias. Pero sobre todo, para cambiar el mundo, hay que innovar en muchos aspecto de esta profesión, comenzando por nuestra propia percepción de la misma.
Lo grave es tener la verdad y compartirla apenas con uno mismo, por no saber comunicar. Lo grave es ser arrogante, creyéndose dueño de la verdad, no haciendo lo posible para comunicársela a los demás, lo que, además, es una falta de respeto a la ciudadanía. Lo que nose ha asumido es que la información está contaminada por una serie de mentiras, medias verdades, que se pueden demostrar factualmente.
Por eso, es necesario oponerse al discurso ideológico que se impone al unísono a través de los medios de comunicación, la cultura de masas y la publicidad, al envase que se le quiere dar a ese discurso, disfrazándolo de realidad, de hechos naturales.
Decíamos al principio que el tema de los medios tiene relación directa con la construcción de ciudadanía, con la democracia. Sin dudas, otro mundo es posible solamente si podemos enfrentar esta arremetida de los poderes económicos desde los Estados y desde la democracia participativa. Hasta ahora, los sectores progresistas habían optado por el trabajo comunitario, por los pequeños medios alternativos. Habían encontrado sus pequeños nichos. (Quizá, nunca mejor dicho. Allí habrían de morir). Y es más, habían logrado que distintas ONGs del mundo desarrollado los apoyaran. Claro, siempre que no salieran de sus nichos.
Como dice Jean Baudrillard, la realidad fue asesinada. Hoy, en los grandes medios de comunicación, los sectores que luchan por los cambios no tienen espacio. Paradójicamente, luchar por el pluralismo es garantizar un espacio donde no lo hay. Nadie duda de la necesidad de impulsar radios, periódicos, televisoras comunitarias, espacios realmente horizontales de información y formación, constructoras de ciudadanía.
Pero durante todos estos años, quienes peleamos del lado popular, perdimos la batalla de las ideas. La perdimos conceptualmente y la perdimos (por goleada) en el campo de batalla. Para esta batalla de las ideas se deben usar todas las armas, aprender a usar mejor que ellos las armas deladversario.
Es hora de pensar en grande, dejar de ser enanos por decisión propia; conquistar el espacio masivo, sumando experiencias comunicacionales locales, democratizando el capital para poder competir no solo en sino con medios masivos: diarios, radios y televisoras. Pensar en canales de televisión por suscripción o con capital democratizado. Para que no quede la información en poder de los pocos que tienen mucho, para ponerla en manos de los muchos que tienen poco.
Podemos hablar de cambios en la técnica periodística: cuestionar el molde aislado, individualista del periodista, reconstruir un modelo de elaboración de la información en base a la relación participativa. Pero no se trata sólo de las herramientas, sino de retomar la palabra, que durante más de tres décadas fue dejada en manos de dictadores, políticos corruptos y los eternos "expertos" que convalidaron el saqueo de nuestras naciones y nos explicaron que con la globalización todo va a andar mejor.
Académicos, intelectuales, es hora de retomar la palabra, es hora de despertar. Desde hace décadas se replegaron en cargos burocráticos, se refugiaron en parcelas de investigación, en sus clases -incluso en el alcohol-, y dejaron la cosa pública en manos (y sobre todo) en boca de políticos y "expertos", que impusieron su potencial de ser los únicos profesionales de la palabra con derecho a dar visiones y versiones de la realidad.
La democracia comunicacional se basa el control público, nuevos canales de información masivos con nuevos tipos de capitalización, nuevas técnicas de información, nuevos escenarios, nuevos interlocutores. Hay que dejar de sentirse enano, sumar para existir, para que eso de que otro mundo es posible pueda comenzar a ser realidad y no solo otro eslogan.

La necesidad de legislar

La mera discusión de una Ley de Responsabilidad de los Medios es, a todas luces, un asunto extremadamente polémico. Las metas principales son las de garantizar la democratización de los medios de comunicación social y la posibilidad de mayores niveles de participación y regulación social de los mismos por parte del conjunto de la sociedad y, solo cuando sea indispensable, por parte del Estado. Es imprescindible que los gobiernos, los Estados, dicten las normas de juego en función de que una información equilibrada es un derecho inalienable de los usuarios o ciudadanos. Y en eso todos estamos de acuerdo, en Venezuela y en el mundo. El Estado tiene el deber de crear los instrumentos, las reglas, y para ello debe satisfacer las necesidades de toda la comunidad: usuarios, trabajadores de la comunicación, académicos, dueños y concesionarios de los medios de comunicación.
En todo el mundo, y como se ha demostrado recientemente en Venezuela, el poder de los medios privados monopólicos representa una severa amenaza a la posibilidad misma de una sociedad democrática, que no puede permanecer pasiva mientras unos grandes grupos económicos se apropian en forma oligopólica de la capacidad de producción de información y opinión, de la creación misma de los hechos de "la realidad" a partir de la cual se realiza el debate público y la conformación de las opiniones de los ciudadanos.
El sociólogo Edgardo Lander, entre otros, sostiene que es tan perniciosa para la democracia el monopolio estatal de los medios o la censura, como la homogeneidad de unos medios privados oligopólicos que niegan radicalmente la posibilidad misma de la existencia de una esfera pública plural, basada en informaciones confiables, imparciales y balanceadas, donde el espectro de las opiniones presentes en la sociedad tengan posibilidad real de expresión.
Esta exigencia de democratización de los medios constituye la razón principal por la cual es indispensable la existencia de normas, leyes y regulaciones públicas de los medios de comunicación y entretenimiento, y es precisamente por ello que el tema, cuando se coloca en el debate público, se convierte en un asunto extremadamente polémico. Para los dueños o concesionarios de los medios, lo que está en juego es precisamente el inmenso poder que han concentrado en sus manos, poder que están dispuestos a utilizar a fondo en la defensa de sus privilegios.
La canadiense Naomi Klein (autora de los libros No Logo y Vallas y Ventanas), señala que "Los medios en Venezuela, incluyendo a la televisión estatal, necesitan duros controles para asegurar la diversidad, el equilibrio y el acceso, así como distancia de los poderes políticos. Algunas de las propuestas de Chávez (como una inquietante cláusula que prohíbe hablar de manera "irrespetuosa" de los funcionarios) se salen de estos límites y podrían fácilmente ser usadas para amordazar a los críticos. Dicho lo anterior, es absurdo hablar de Chávez como si fuera la principal amenaza de una prensa libre en Venezuela. Claramente, ese honor lo merecen los dueños de los medios. Este hecho ha quedado fuera de la vista de las organizaciones encargadas de defender la libertad de prensa en el mundo, aún atoradas en el paradigma de que todos los periodistas sólo quieren decir la verdad y de que todas las amenazas provienen de horrendos políticos y enojadas multitudes".
Y prosigue la joven analista: "Esto es desafortunado, porque actualmente necesitamos desesperadamente defensores valientes de la libertad de prensa, y no sólo en Venezuela. Después de todo, Venezuela no es el único país donde se está librando una guerra por el petróleo, donde los dueños de los medios se han vuelto inseparables de las fuerzas que reclaman un cambio de régimen, y donde la oposición es borrada cotidianamente por los noticieros nocturnos. Pero en Estados Unidos, a diferencia de Venezuela, los medios y el gobierno están del mismo lado".
Hoy, avanzar en la dirección del control y la regulación social, así como en la democratización de los medios, de la ampliación de la gama de productores y emisores, de la ampliación de la gama de opiniones e interpretaciones que se presenten a través de los medios significa enfrentar un extraordinario poder, que tiene la capacidad de asustar a la población con los demonios de la censura y de la autoritarismo estatal como amenazas a la libertad.
El ejemplo más conocido en Venezuela de este extraordinario poder de los medios y de la capacidad de imponer su agenda sobre el resto de la sociedad es la experiencia de la llamada Enmienda constitucional del presidente Rafael Caldera (siendo senador vitalicio), proyecto que fue derrotado, a pesar de contar con un alto consenso político nacional por la tímida pretensión de garantizar el derecho a réplica.
Entrar en una pelea por la regulación social y la democratización de los medios significa una etapa más de la lucha por el debate de las ideas, donde los defensores de sus privilegios estarán dispuestos a utilizar todas las (poderosas) armas a su disposición para tratar de imponer “una sola voz”. Para enfrentar esa poderosa estructura financiera, ideológica y mediática es indispensable definir criterios claros y objetivos precisos y jerarquizados que orienten los procesos de lucha sin desviaciones inmediatistas.
Es probablemente poco lo que se logrará avanzar en la democratización si la Ley de Responsabilidad está sobredeterminada por la confrontación entre medios y gobierno en la coyuntura actual, de manera que se priorizan los objetivos del control y la sanción, sobre los objetivos de la democratización, dejando a un lado el verdadero debate que es quien diseña y produce los contenidos.
Los misiles teledirigidos de la batalla mediática son los programas que el proyectado Instituto de Radio y Televisión pueda diseñar y producir con los productores independientes, ya que poco se logra con regular y sancionar. El usuario, el televidente, el radioescucha sólo espera una programación distinta, atractiva, que esté en armonía con su cultura, tradiciones, idiosincrasia y entorno. Todo lo demás queda relegado a un plano menor.
Lander señala que la lucha por la democratización y la participación y regulación social de los medios es una pelea de fondo y nadie puede quedar conforme si no logra avanzar en este sentido o si termina siendo caracterizada por la población venezolana y la opinión internacional como una ley estatista que pone en severo peligro la libertad de expresión, y por ende, la democracia.

* Director de Question, Presidente de la Asociación Latinoamericana para la Comunicación Social
 

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