OBSERVATORIO GLOBAL DE MEDIOS

Democratizar las Comunicaciones:
UN DEBATE PENDIENTE EN CHILE

Por Lidia Baltra M .

Han pasado once meses desde que se realizó en Ginebra la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (CMSI), con el auspicio de Naciones Unidas y en el marco de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), y en Chile el importante evento ha pasado inadvertido. Tal vez se haya conversado en círculos de especialistas, pero en ningún caso a nivel de la gente. Y sin embargo, las conclusiones a que llegaron los representantes oficiales de los 175 países participantes pueden tener negativos efectos para nosotros, personas del mundo en vías de desarrollo. Como por ejemplo, que nos sigan considerando únicamente como consumidores de computadores y celulares.

Se dice que vivimos en la “sociedad de la información” porque con el vertiginoso desarrollo de las tecnologías para transmitirla, es tan inmensa la cantidad que circula electrónica y digitalmente en forma de imágenes, sonidos, textos o data, que aquellos que no entren al circuito quedarán más marginados que antes de los beneficios del crecimiento económico mundial.

La Sociedad de la Información se presenta como la gran conquista del siglo 21 a la que hay que acceder para contar en este mundo globalizado. Pero ¿qué sociedad de la información es la que se estaría construyendo? ¿Quién pone los contenidos? ¿Quién controla su producción y difusión? ¿Para beneficio de quiénes?

Ya lo dijo Eduardo Galeano: “Nunca tantos han sido tan incomunicados por tan pocos. Cada vez son más los que tienen el derecho de escuchar y de mirar, pero cada vez son menos los que tienen el privilegio de informar, opinar y crear”

Al término de la conferencia de diciembre último, los representantes oficiales de la CMSI rechazaron la creación de un fondo solidario para ayudar a superar el analfabetismo digital del tercer mundo y postergaron la discusión sobre quién dirige Internet, con Estados Unidos tratando de circunscribirla únicamente a los países del Grupo de los 8. Resultados que serán analizados y más aterrizados, en la segunda etapa, prevista para marzo de 2005 en Túnez.

Esas conclusiones ciertamente desestimaron la voz de la sociedad civil, representada por organismos no gubernamentales (ONG), pero al menos, ésta pudo ofrecer una voz alternativa en una reunión paralela y sacó una declaración que llena los vacíos temáticos de la oficial, y que se ha difundido ampliamente a través de internet.El Foro Mundial sobre Derechos de Comunicación que se realizó el 11 de diciembre de 2003 en Ginebra coordinado por la campaña CRIS ( por su sigla en inglés: Communication Rights in the Information Society), tenía como objetivo discutir los temas:Comunicaciones, Paz y Conflicto; Comunicaciones y Pobreza; Comunicaciones, Derechos de Autor, Patentes y Comercio; Comunicaciones y Derechos Humanos.La declaración final de este foro coloca a la gente primero y sostiene que información y comunicación son inseparables.

Aunque marginadas en Ginebra, las ONG que nos representan fueron invitadas a participar en la segunda etapa de la Cumbre, en marzo próximo en Túnez, ocasión importante, pues se constituye en el único espacio para colocar este tema a nivel global. La campaña CRIS - cuya sede mundial está en la Asociación Mundial por la Comunicación Cristiana, WACC, en Londres -, se está llevando a cabo actualmente en Africa, América Latina, Sudeste de Asia y Europa. Países latinoamericanos como Bolivia, Colombia, Uruguay y Ecuador, han realizado ya reuniones pre o post Ginebra, declarándose en alerta frente a la posibilidad de que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTICs) nos aplasten en lugar de hacernos crecer.

En Chile, la oportunidad de conocer y tomar conciencia del problema fue el Foro Social Chileno y en este panel sobre“Globalización, comunicación y democracia” . Porque la forma cómo se manejan las comunicaciones está profundamente ligado al ejercicio de la democracia. Si están atadas a una sola mano, o a distintas manos pero del mismo pensamiento, no habrá libre circulación de ideas ni de corrientes de pensamiento y la democracia no será posible. Sólo reproducirán el esquema hegemónico.

La convocatoria de la CMSI en Ginebra llamaba a cómo utilizar mejor el poder de la tecnología de la información para el desarrollo. Pero, ¿de qué desarrollo nos hablan? Para Naciones Unidas, se trataba fundamentalmente de ver modos de acortar la “brecha digital”, es decir, el abismo que existe hoy entre el uso y apropiación de las nuevas Tecnologías de la Información (TIC) en el mundo desarrollado y aquél en los países tercermundistas.

En diez años, la Internet ha llegado a más de 600 millones de personas, el 91 por ciento de las cuales pertenece al 19 por ciento de los países, sin duda los más ricos. En Chile, sólo el 20 % de la población está conectada. Con más conocimientos, con más información, aquéllos podrán multiplicar su estándar de vida, mientras los países menos provistos quedarán aún más postergados y marginados consolidando la desigualdad. De ahí que Naciones Unidas convocara al encuentro pensando que si reducimos este abismo de hoy, aumentarían las posibilidades para el desarrollo de los pueblos hoy en desventaja.

El hecho de que la Cumbre de Ginebra se haya organizado y realizado bajo la tuición de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), implantó desde la partida el sello tecnicista y mercantilista al debate. Este organismo de la ONU cuenta con 189 estados miembros y su Consejo Consultivo reúne a 660 empresas privadas, muchas de ellas transnacionales propietarias de tecnologías que necesitan promover.

No fue sorpresa para nadie, entonces, que la Cumbre aprobara, por ejemplo, que los países tercermundistas deben crear los ambientes adecuados para el ingreso de inversiones extranjeras en estas tecnologías, ahora que el mercado en los países del primer mundo está muy próximo a la saturación. Rechazaron en cambio la iniciativa presentada por Senegal, de crear un Fondo de Solidaridad Digital para ayudar a los países tercermundistas a manejar esas tecnologías. De esta idea únicamente quedó, como caramelo, la creación de un grupo de trabajo que estudie la viabilidad económica de este proyecto.

Vale decir que, para los efectos de esta Cumbre, la Sociedad de la Información se entiende como aquella de quienes tienen acceso a las TIC en calidad de consumidores de informática y telecomunicaciones, todo ello regido por el capital y el mercado.

Algunos ya han advertido que con el título de Sociedad de la Información se pretende reemplazar el antiguo debate sobre comunicaciones o “políticas de comunicación” de los años 70 y 80, cuando la meta era establecer sistemas de comunicación más democráticos.

LA UNESCO Y EL NOMIC

Hace 30 años, este debate se realizó en el seno de UNESCO. Fue también lo que hicimos aquí en Chile en los 80, con seminarios y debates entre periodistas, comunicólogos y el movimiento social entonces en lucha contra la censura y falta total de libertades bajo la dictadura. Pero aquel “Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación” (NOMIC) terminó en el año 81 con el retiro de sus principales sostenedores económicos: EE.UU y Gran Bretaña. Y en nuestro país, con la Ley de Prensa, en cuya elaboración primero y debate parlamentario después, se perdieron muchas propuestas para democratizar nuestro sistema comunicacional con las consecuencias que hoy sufrimos: gran concentración de medios y muy pocas voces emitiendo los mensajes.

La primera vez que nos percatamos de esta patología fue bajo la dictadura militar, donde por la naturaleza de ese régimen las libertades estaban conculcadas y en primer lugar, la libertad de prensa y de pensamiento. Había una sola voz . Cualquier pensamiento altrnativo era un delito. El que pensaba distinto, o del modo prohibido, sufría desempleo, relegación, exilio, tortura, desaparición o muerte, según el peso político de la persona que hubiera transgredido aquella regla o, sencillamente, de la mala suerte de haber sido delatado como trasgresor. Eran tiempos en que diarios y revistas aparecían con espacios o páginas en blanco y en que el férreo control de la televisión y de la radio, las obigaba a entregar grabaciones y libretos de los programas emitidos a la Dirección Nacional de Comunicación Social, DINACOS, el ente censor.En que bajo el estado de sitio se suspendía indefinidamente la circulación de publicaciones adversas al régimen y se perseguía con cárcel a sus directores y periodistas como fue el caso de Juan Pablo Cárdenas, Marcelo Contreras y Fernando Paulsen. Prohibido igualmente crear nuevos medios sin autorización del poder omnímodo reintante. En fin, era un callejón aparentemente sin salida que nos impulsaba a marchar por las calles de Santiago con un mordaza en la boca.

Fue por entonces que amigos comunicólogos de diversas ONG nos hicieron ver la conveniencia de canalizar esa rabia en forma positiva. Que era más provechoso sentarnos a conversar el problema, analizarlo y buscar modos de salida. Y así, con su impulso y el de la agencia de noticias Inter Press Service sede Alemania, del Colegio de Periodista donde entonces yo era secretaria general, organizamos el seminario “La comunicación en los 80: alternativas y perspectivas” , el primero de una serie que buscaba nuevos rumbos para las comunicaciones en el país cuando recuperáramos la democracia.

¿Democratizar las comunicaciones en 1983, aún en plena dictadura militar? Parecía de locos, pues ya la palabra democracia causaba escozor. Pero había empezado la movilización social y no estábamos solos, aún cuando faltaban seis años para que los chilenos sacudiéramos el temor y todos juntos rechazáramos la dictadura. Y fue en esos años difíciles – del 83 al 88 - que aprendimos a construir juntos también un sistema de comunicaciones donde todos los ciudadanos pudiéramos dialogar en igualdad de condiciones, y que esto se logra a través de una política de comunicaciones, pero principalmente con voluntad política de tenerla.

Nos ayudó enormemente en este esfuerzo el conocer , gracias anuestros colegas del exilio, los principios del Nuevo Orden Mundial de la Información (NOII) que se discutía en Europa en el seno de la UNESCO. Es curiosa la semejanza de situaciones que se está produciendo entre aquel debate y el que ha surgido en este último año sobre la Sociedad de la Información. Ese año de 1983 había sido estatuido por Naciones Unidas como el Año Internacional de la Comunicación y ya entonces había dos corrientes antagónicas: los que veían la panacea en el auge y crecimiento de los flujos de información conducidos como una industria por grandes corporaciones; y quienes abogaban por un “flujo libre y equilibrado” no sólo de la información sino también de la comunicación que facilitara una interacción con y entre las naciones del Tercer Mundo. Hoy en día, veinte o treinta años después, el debate es el mismo pero con las tecnologías de la información mucho más desarrolladas y agresivas en manos de transnacionales que las manejan sin contrapeso en los mercados consumidores de nuestros países.

Entonces se ganó una batalla: el Nuevo Orden Internacional de la Información (NOII) fue ampliado al NOMIC o Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación. Recordemos: “información” no es lo mismo que “comunicación”; mientras aquélla tiende a ser verticalista y unívoca, la comunicación es horizontal y un diálogo de ida y vuelta. Pero perdimos la guerra pues la UNESCO fue eliminada del debate quedando en su reemplazo como única moderadora la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), situación que persiste hasta hoy.

Nosotros, ingenuos arquitectos de una comunicación democrática en el Chile oscurantista de entonces, no conocíamos aún este desenlace y continuamos con nuestra búsqueda con el siguiente seminario internacional: “Hacia una nueva comunicación para Chile” que respondía al mandato del IV Congreso del Colegio de Periodistas de de elaborar una política nacional de comunicaciones para el Chile democrático de mañana. Los periodistas y estudiantes de Periodismo seguimos un curso nivelatorio con Raquel Salinas sobre cómo se diseña una política comunicacional y luego, acompañados por comunicólogos y comunicadores populares, elaboramos una específica para cada uno de los medios más importantes de entonces: prensa escrita, radio, televisión, comunicación alternativa y popular (estandarte de la resistencia a la dictadura) en el encuentro final que se realizó en El Tabo en noviembre de 1984. Allí junto a expertos como Juan Gargurevich, de Perú, y nacionales como Raquel Salinas, Fernando Reyes Matta, Giselle Munizaga y Fernando Ossandón, sentamos las bases de una política comunicacional democrática para nuestro país.

En el siguiente seminario, en 1985, nos abocamos a socializar lo avanzado y las pusimos en discusión con representantes de organizaciones sociales y de partidos políticos. Ese fue el II Seminario Nacional de Comunicaciones que titulamos “Comunicaciones Hoy y Futuro”, basado en que la libertad de expresión y, en un sentido más amplio, las comunicaciones, no son un tema sólo de profesionales o técnicos, sino que todo el pueblo es el agente social de la comunicación. De hecho, fueron las protestas o movilizaciones sociales de los años 83 en adelante que posibilitaban débiles aperturas del sistema: si bajo el “estado de sitio” existían bandos, decretos y agresiones físicas a medios y periodistas para imponer la censura, en los más leves “estados de emergecia”, la censura era reemplazada por la autocensura. Obviamente, en ambos se manipulaba la información ocultando hechos o tergiversando.

A nuestro seminario, para debatir la política de comunicaciones que proponíamos, asistieron dirigentes sindicales urbanos y rurales, estudiantes y profesores. Nuestros dirigentes políticos democráticos entonces libraban duras batallas contra la dictadura y les debemos mucho. Pero en materia de comunicaciones eran analfabetos y nos costó mucho llevarlos a nuestro seminario a conocer nuestra propuesta. Y los que concurrieron, más que hacer un aportes concretos, lo hicieron como un geto de apoyo.

El resultado de ese seminario fue la aprobación de una propuesta de Política Nacional de Comunicaciones para la Democracia, ciertas medidas de anticipación que se podían efectuar mientras seguíamos en dictadura y la formación de una Comisión por el Derecho a la Comunicación.

Nuestra propuesta era notablemente más avanzada que la de la antigua democracia previa al golpe de estado, donde el sistema comunicacional estaba también en un marco mercantil y donde la libertad de expresión consistía en libre empresa de medios de comunicación social, lo cual no garantiza el pluralismo, condición sine qua non para la plena libertad de expresión.

Se basaba en el derecho a la libertad de opinión y expresión de la Carta de Derechos Humanos - cual es el derecho de todas las personas a expresarse y a difundir públicamente, a buscar y recibir informaciones y opiniones -, pero perfeccionada con los aportes del NOMIC. Y como aprendimos en que hay una relación indisoluble entre la comunicación y el tipo de sociedad en que ella funciona, definimos la democracia que queríamos como una libertaria, participativa, pluralista, solidaria, con respeto a las minorías y sectores marginados, con diversidad cultural y respeto a los derechos humanos. Consecuentemente, los principios básicos de nuestra PNC eran: 1) La comunicación es un servicio, no una mercancía. 2) El modelo comunicacional democrático requiere un modelo de sociedad democrático en los planos económico, social y cultural. Y 3) poner en práctica el Derecho a la Comunicación de los ciudadanos, que significa: acceso a espacios en los MCM, multiplicar el poder de emisión y organizar a los ciudadanos receptores de los mensajes.

Una diferencia importante con el sistema comunicacional de la antigua democracia era el énfasis que poníamos en el Derecho a la Comunicación: que consistía en democratizar el poder de emisión a través de los siguientes factores: a) derecho a ser informado veraz, completa y oportunamente y el derecho a recibir, buscar y pedir información. b) derecho a emitir los mensajes propios en medios de comunicación propios (para lo cual habría que considerar diversas formas de propiedad en los medios y solicitar para algunos apoyo en su financiamiento) y también en los de otros, vale decir, en los tradicionales. En otras palabras, pluralismo en el sistema de medios y dentro de cada medio. Pedíamos asimismo participación en la propiedad, gestión, orientación y programación de los MCS y también en la generación, ejecución y fiscalización de la Política Nacional de Comunicaciones. Y c) educación y organización de los receptores como sujetos activos del diálogo comunicacional.

¿Cuáles eran estos derechos a la Comunicación que promovíamos?

- el derecho a ser informado veraz, completa y oportunamente
- el derecho a emitir sin restricciones mensajes individuales y colectivos
- el derecho a participar en la propiedad, gestión, orientación y programación de los medios de comunicación y en general de todos los recursos destinados a la comunicación
- el derecho a la generación, puesta en práctica y finascalización de políticas nacionales de comunicación
- el derecho al acceso a la información sobre asuntos públicos y al funcionamiento de la estructura estatal, de manera de mostrar a la comunidad la forma en que se está ejerciendo el poder.

Otra iniciativa importante era organizar a lectores, auditores y televidentes como sujetos activos. La idea consistía en incorporar en los planes de educación metodologías que les permitieran desarrollar una actitud crítica y activa ante la propuesta de contenido de los medios. El Chile en aquella época, a través de las ONGs y las organizaciones sociales, se destacó por la creatividad para hacer frente a la férrea censura que la dictadura imponía a los medios desde la recepción de mensajes. En democracia, se esperaba que el sistema educacional asumiera la tarea de educar a los/las receptores de comunicación masiva introduciendo la lectura crítica y activa al curriculum escolar. Sin embargo, dicho objetivo tampoco se logró.

En 1986 y siguientes, nos dedicamos a difundir tal modelo y a perfeccionarlo con nuevos aportes de actores sociales. Primero, en un seminario que titulamos “Comunicaciones para la Democracia”, y luego, en cuanta conferencia, foro, panel o congresos solicitaran nuestra presencia. Además, echamos a andar la Comisión por el Derecho a la Comunicación en mayo de ese año, sesionando significativamente en la sede de la Comisión Chilena de DD.HH. Debo reconocer que esta Comisión - que debería haber originado un movimiento social -, no tuvo mayor eco. Todavía no se ha internalizado que las comunicaciones no son un problema privativo de profesionales, sino de la totalidad de los ciudadanos y por tanto son éstos quienes deben ir reconquistando su derecho a la palabra en los medios de comunicación masivos y a través de la multiplicación de medios propios. En definitiva, ejerciendo su derecho a la comunicación en su convivencia diaria.

Finalmente, tras el triunfo del No en el Plebiscito de 1988 y la designación del candidato a la Primera Magistratura de la Concertación de Partidos por la Democracia en 1989, los periodistas, estudiantes de periodismo, comunicólogos y otros actores sociales que habían participado en este largo trayecto por construir comunicaciones democráticas, nos reunimos una vez más para sintetizar nuestros esfuerzos, y en mayo de 1989 se presentó nuestra propuesta de Política de Comunicaciones al Comité Técnico de la Concertación.

Nos sentíamos satisfechos. Creíamos haber llegado a puerto. Sin embargo, a los tres meses de entregado, al leer las “Bases programáticas político-institucionales de la Concertación de Partidos por la Democracia” nos encontramos con que el tema de las Comunicaciones aparecía como un apéndice de las políticas culturales y reducido solamente a recomendaciones para la televisión. En el capítulo VII “Cultura y Comunicaciones”, en su últimos párrafos aparecía una subsección “Politicas para la Televisión”, prometiendo allí un sistema libertario, transparente, pluralista, descentralizado y reconociendo a la publicidad como la fuente principal de su financiamiento. Ni siquiera aparecía allí una mención a la necesidad de cambiar la legislación censora de la dictadura, cosa que - quizás por lo obvio -, afortunadamente se hizo en los primeros años de Gobierno democrático.

Ya en los cerrados núcleos de dirigentes y técnicos que trabajaron esas bases programáticas de la Concertación se vio que el cambio de régimen sería muy controlado.

BATALLAS EN DEMOCRACIA: LEY DE PRENSA

La emoción de volver a la democracia nos cegó y nos impidió ver a tiempo que se estaba renunciando a muchos sueños por temor a molestar a los fantasmas de la dictadura, muchos de los cuales estaban muy vivos. Recordemos que en el primer gobierno de la Concertación, el Presidente Aylwin salió elegido por una clara mayoría, pero había aún un 40 por ciento de pinochetistas y que el Parlamento, merced a las trampas del sistema eleccionario binominal instaurado por la dictadura, las fuerzas antagónicas estaban muy parejas, incluso con una mayoría de derecha en el Senado gracias a los nueve senadores designados representando el pinochetismo.

La primera señal sobre estas restricciones a nuestros sueños se vio cuando empezaron a morir, uno a uno, los medios alternativos al poder autocrático de los años de la dictadura: Cauce primero, luego Apsi, Análisis, La Epoca y Fortín Mapocho, dejaron de existir pese a las campañas que realizaron sus creadores por mantenerlo y los desesperados llamados a los partidos integrantes de la coalición gobernante para ayudarlos a sobrevivir.

La segunda señal la experimenté en mi primer trabajo en el Chile re-democratizado o en vías de redemocratización, en el diario de gobierno La Nación (en verdad, sociedad anónima mixta, con mayoría de acciones por el fisco, pero con un accionista privado, Inversiones Colliguay S.A.). Tuve el gran regalo de llegar el mismo 11 de marzo de 1990 –día de la asunción del poder por el Presidente Aylwin - a plantar las banderas del nuevo r égimen en el viejo edificio de calle Agustinas frente a la Plaza de la Constitución y del palacio de La Moneda. Llegué a las oficinas de la dirección que encabezaba el colega Abraham Santibáñez, junto a Alberto Luengo, con María Olivia Monckeberg como asesora adjunta. Me encomendaron incorporarme al equipo que preparaba el proyecto de “nuevo diario La Nación” donde me imaginé se esperaba que volcara mi experiencia de los ´80 en diseñar un proyecto de diario democrático y pluralista. Convocamos a trabajadores, mujeres, artistas, profesores, y otros actores sociales, para escuchar su opinión sobre qué esperaban del periódico en esta nueva etapa. Se hicieron estudios comparativos y evaluación de medios, para que el nuevo diario respondiera a las expectativas de “la gente” (el pueblo, los ciudadanos, en la jerga de la época). Se predicaba que el diario daría espacio a todas los grupos, a todas las ideas, a todas las culturas y sensibilidades sofocadas por tanto tiempo. Me nombraron editora de la sección Opinión, con dos páginas en donde además del Editorial y la sección Cartas del público, se ofrecían artículos de variados articulistas representando los distintos sectores.Era la oportunidad de plasmar en esas dos páginas el pluralismo libertario que me imaginé como la característica general del diario. Pero para mi sorpresa y frustración, poco a poco, la gama de mi arcoiris se fue estrechando. Pronto me rayaron la cancha: no abrir tanto el abanico hacia la izquierda, ni al feminismo más avanzado ni tanto espacio al tema indígena. Al cabo de dos años, me pidieron que dejara las páginas de Opinión y me ofrecieron en su reemplazo un suplemento de tejidos y bordados. Abandoné La Nación a comienzos de 1993.

En agosto de 1991, la Coordinadora Nueva Comunicación convocó a un encuentro para evaluar “Las comunicaciones en la transición: avances y tropiezos”. Pese a estar concientes de vivir bajo una institucionalidad heredada del régimen autocrático, el panorama no pareció tan sombrío, porque se había avanzado mucho en eliminar la legislación censora y restrictora de la dictadura. Con la introducción, por ejemplo, del artículo 5º de la Constitución que exige respetar los pactos internacionales ratificados por Chile, pero congelados por la dictadura, y con las Leyes Cumplido (por el Ministro de Justicia Francisco Cumplido) que comenzaron por trasladar los delitos relacionados con los medios de comunicación, de la justicia militar a la civil.Los periodistas consideramos también un gran avance la devolución de la formación periodística a las aulas universitarias. En materia de legislación, se modificó la Ley 10.048 sobre Libertad de Expresión (legislación que modificó bajo el gobierno de Frei Montalva a la antigua Ley de Abusos de Publicidad) en aquellos aspectos impuestos durante la dictadura que protegían excesivamente la vida privada de las personas públicas en desmedro de la libertad de información. En materia de televisión, se aprobó la creación del Consejo Nacional de Televisión, conformado en forma pluralista, como el ente que regula las transmisiones de todos los canales y se preparaba la transformación de Televisión Nacional de canal gubernamental a canal público y con una administración también pluralista. También en esos años se cambió las concesiones de frecuencias radiofónicas y televisivas de vitalicias a concesiones por 26 años, aún cuando no quedaban muchas por otorgar. Y también se legalizó la existencia de “emisoras de mínima cobertura” en circunstancias que quienes pedían esa legalidad fueron las que dieron la lucha bajo la dictadura, las radios comunitarias, que viabilizan la voz de las agrupaciones comunales. En cambio, las “de mínima cobertura” se otorgan a cualquier particular o grupo que pueda financiarla, ya que no se les dio autorización para financiarse mediante publicidad, lo cual los condena una existencia precaria.

En aquel seminario, las autoridades informaron que se estaba trabajando un nuevo cuerpo legal que reuniera todos los temas de comunicación a nivel de Ministerio Secretaría General de Gobierno - o nuevo Ministerio de las Comunicaciones -, esta vez no para censurar, como había sido por muchos años la legislación sobre comunicaciones, sino para promover, respaldar y defender de la libertad de expresión.

Me voy a detener un poco en esta última actividad del primer gobierno de la Concertación pues como Secretaria General del Colegio de Periodistas pude participar en esta Comisión, en los años 92 a 94, junto a representantes de empresarios de medios (ANP, ANATEL, ARCHI), de las escuelas universitarias de periodismo y de abogados constitucionalistas. Se preparaba el anteproyecto para lo que terminaría como “Ley 19.733 sobre Libertades de Opinión e Información y Ejercicio del Periodismo” más conocida como “Ley de Prensa”.

Yo estaba optimista de encontrarme por fin en la instancia donde las ideas que habíamos elaborado con tantas personas representantes de la sociedad civil democrática durante tantos años pudieran ser promovidas por mí y donde, si lograba convencer de su bondad, era el primer paso serio para que pudieran plasmarse en la política comunicacional que nos regiría en adelante. Naturalmente, debimos dedicar largos espacios a defender las posiciones gremiales de nuestro organismo, el Colegio de Periodistas. Pero teníamos claro que tan importante como la eliminación de las restricciones que aún pesaban en el ejercicio de la libertad de informacion, era plantear las medidas que establecieran el pluralismo en nuestro sistema de medios, en oposición a los monopolios ya existentes. Un sector de los empresarios periodísticos se empeñó en hacernos aparecer como defensores unicamente de nuestras prerrogativas corporativas, pero la verdad es que con el presidente deel Colegio de entonces, Senén Conejeros, dedicamos grandes esfuerzos a atacar la alta concentración en los medios y en sus sistema distributivo y promovimos artículos que impidieran al gobierno abuso en la entrega de avisaje estatal o de facilidades para la importación de insumos a los medios. Promovíamos también apoyo a los medios de regiones y de sectores sociales minoritarios, como aprendimos que se hacía en algunos países del primer mundo como Suecia o Finlandia.

Pero allí mismo, en el seno de esa comisión que creaba el anteproyecto de ley sobre información y opinión, conocí el frustrante sabor de la política de los consensos que regiría a los gobiernos de la reconstrucción democrática. La mayoría de las medidas nuevas que proponíamos en tal sentido eran rechazadas y reemplazadas por otras que nos devolvían al esquema conservador tradicional. Claro, en la mesa nos sentábamos once personas, de las cuales, había 2 del Ministerio Secretaría General de Gobierno, el Ministro (Edgardo Riveros) y su asistente abogado (Guillermo Laurent), que actuaban como anfitriones y que sólo intervenían como moderadores y coordinadores de la reunión, es decir, en forma neutra; 6 personas de derecha representando las escuelas de periodismo de la U. Chile y de la U. Católica, la ANP, la ARCHI, ANATEL, y un abogado constitucionalista; y sólo 3 personas, las del Colegio de Periodistas, constituíamos el polo progresista. En esta comisión se rechazaba todo lo que pudiera molestar al empresariado periodístico o limitarle sus amplias atribuciones.

Cuando se trató el tema del pluralismo en el sistema de medios y propusimos la creación de un Fondo para el Pluralismo en la Comunicación Social, con recursos de la Ley de Presupuestos, aports de la publicidad estatal, del Fondo de Desarrollo Regional Comunal y donaciones, para apoyar los medios regionales, comunales y de organizaciones sociales y políticas minoritarias, surgieron voces espantadas: “¿subsidios estatales…? No, eso ya no es posible…” Y nos miraban como reliquias de un pasado superado por la modernidad… Tambien sugeríamos líneas de crédito blandos del Banco del Estado y de la Corfo con los organismos fines. Pero la idea fue rechazada.

¡Qué decir cuando propusimos que ningún propietario o socio mayoritario de un medio de comunicación podría serlo de otro, aunque éste fuere de otra característica, para evitar los grandes monopolios! La iniciativa fue tajantemente rechazada en primera instancia, pero gracias a una sugerencia que recibimos del propio Presidente Aylwin, algo se salvó, al menos en la letra de la ley, al incorporarse a los MCS dentro de las materias que debe cautelar el decreto ley Nº 211 o antimonopolios, que data e 1973. Pero hoy existen ya los conglomerados que incluyen prensa, raio, televisión, como COPESA, S.A.

El anteproyecto elaborado en el Poder Ejecutivo mutiló nuestras principales proposiciones para crear un sistema de comunicaciones democrático, participativo, pluralista. El Ministro Secretario General de Gobierno de entonces era práctico: había que morigerar las proposiciones de partida, porque de otro modo “no pasarían” en el Senado. Más perdimos meses después, cuando, presentado al Parlamento en julio de 1993, debimos concurrir en varias oportunidades a la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia de la Cámara y después del Senado, a defender las propuestas que quedaban.

El debate sobre esta ley demoró ocho años y recién fue promulgada hace tres y aunque la libertad de expresión en su sentido más tradicional quedó resguardada: todas las causas que antes veía la justicia militar pasaron a la civil y se terminó con la prohibición de infomar del Poder Judicial.

En materia de resguardo o fomento del pluralismo en el sistema de medios, en la nueva Ley Nº 19.733 sobre “Libertades de Opinión e Información y Ejercicio del Periodismo”, no quedó nada. Ningún apoyo a la creación o mantención de medios de grupos de culturas o ideologías minoritarias o regionales. Ni siquiera un apoyo derivado de una mejor distribución de la publicidad estatal. Las medidas de regulación sugeridas para evitar la concentración de los medios quedaron igualmente deslavadas: se incorporó, sí, a los medios de comunicación dentro de los items que debe fiscalizar el decreto ley 211, pero en cuanto a impedir que un mismo propietario pudiera tener varios medios, se limitó a que “la modificación o cambio en la propiedad o control de un medio de comunicación deberá ser informado” a la Comisión Preventiva respectiva “dentro de los treinta días de ejecutado”, es decir, una vez ejecutada la concentración; y para aquellos con concesión otorgada por el Estado, es decir, estaciones de radio o televisión, dicho cambio debe incluir “un informe previo respecto de su impacto en el mercado informativo”.

Sus resultados se están ya viendo en nuestros días, cuando el Tribunal de Defensa de la Libre Competencia – que reemplazó recientemente por ley a las Comisiones Preventiva y Resolutiva - el lunes 25 de octubre aprobó la fusión futura de dos empresas de telecomunicaciones, VTR y Metrópolis-Intercom (ya hace unos años se habían fusionado Metrópolis e Intercom), cuya propieded es de la empresa norteamericana Liberty Media (100 % de VTR y 50 % de Metrópolis), con lo cual quedarán dominando el 88 % de la television pagada y el 50 % de la banda ancha. Quienes lo auspiciaron estiman positivo que estas empresas fusionadas puedan enfrentar en el campo de la telefonía fija a la transnacional Telefónica o CTC, que hoy controla el 78 % de este mercado. Sin embargo, los analistas estiman que la verdadera batalla se dará por el control de la banda ancha, ya que en el futuro, a través de ella se podrá ofrecer tanto la TV cable como la telefonía y en este tema, CTC está en desventaja frente a la nueva mega empresa de telecomunicaciones. Entre las restricciones impuestas por el Tribunal de la Defensa de la Libre Competencia para aprobar la fusión, está el que no puedan subir las tarifas de la TV por cable en tres años y que los precios sean parejos en todo el país. Pero el senador y economista Carlos Ominami se mostró escéptico respecto del acatamiento a esas y otras restricciones, que a su juicio son fácilmente burlables. En cuanto a los contenidos, el televidente puede justamente temer que los más liberales de VTR - por los cuales en su momento se cambió a esta empresa -, se reviertan con esta fusión dado el fuerte conservantismo del grupo Claro que controla Metrópolis. Justamente para defender este punto de vista, el del televidente, terció el Consejo Nacional de Televisión cuando solicitó a la Fiscalía Nacional Económica que se pronunciara sobre la anunciada fusión de ambas operadoras. La respuesta – a través de sus ejecutivos, el fiscal Pablo Mattar y ex subfiscal Juan Pablo Lorenzini – fue que no era de su competencia cuidar la expresión del pluralismo en el sistema de medios de comunicación y que tampoco podría considerarse a éste como un tema que tuviera que ver directamente con la libre competencia…

AUMENTA LA CONCENTRACION

En la prensa escrita, tenemos el oligopolio del grupo Edwards con El Mercurio, La Ultimas Noticias y La Segunda en Santiago y 13 diarios en regiones; y del grupo Saieh, con COPESA que publica La Tercera, La Cuarta, Qué Pasa y acaba de comprar el semanario concertacionista Siete Más Siete, lo que ha sido, a mi juicio, el mazazo final. Cada vez tenemos menos alternativas para mirar la realidad. Lo hemos visto ayer con la forma en que los medios de estos conglomerados informaron sobre nuestra Marcha de inicio del Foro Social Chileno: gran destaque para los disturbios de último minuto, y escasa mención de las dos horas de alegría democrática de la ciudadanía rechazando a Bush y pidiendo otro manera de conducir el mundo.

En materia de revistas, el grupo editorial colombiano Armas ingresó el año pasado al mercado chileno con revistas especializadas en autos, belleza, jóvenes donde lo espera la competencia con editorial Televisa (Caras, TV y novelas, Vanidades, etc) y Holanda Comunicaciones (Vea, Miss 17, TV grama, etc).

En radio, dos grandes empresas transnacionales lideran el dial: Consorcio Radial de Chile, del grupo español Prisa y del colombiano Caracol; e Iberoamerican Radio Chile, del grupo Claxon, donde participan el venezolano Cisneros y otros. En televisión, de las cinco cadenas nacionales, cuatro pertenecen a empresas privadas y en tres de ellas hay capitales transnacionales latinoamericanos como Televisa (Megavisión), Cisneros (Chilevisión) y el magnate mexicano Angel González (Red TV). Es decir, todas llevan el signo empresarial de la derecha económica. Sólo el canal público, Televisión Nacional, ofrece una leve alternativa puesto que su directorio es tan pluralista como nuestro Parlamento (lo que no es mucho decir).

La concentración del poder de las comunicaciones en pocas manos es un problema no sólo en nuestro país, sino de nivel mundial. En el último decenio, unas pocas compañías controlan los medios audiovisuales y escritos más poderosos e infuyentes: AOL-Time Warner, News Corporation, General Electric, Sony, Televisa, Globo y Clarín, por mencionar a las más conocidas.

A nivel latinoamericano, News Corporation del magnate australiano de las comunicaciones Rupert Murdoch, que opera la empresa de televisión por satélite Sky, compró el mes pasado su homóloga Direct TV, ambas operando en nuestro país. Con ello se produce una nueva concentración a nivel de televisión por cable. Otras fusiones que se ven venir en nuestro territorio ocurrirían en el campo de la telefonía celular y fija: BellSouth con Telefónica Móvil, Smartcom y Manquehue Net están dispuestas a ser absorbidas y hay rumores de que la empresa mexicana Telmex está en negociaciones para comprar Entel.

De modo que lo que ya resultaba problemático con los medios tradicionales (prensa, radio, televisión, cine), se acentúa con la llegada de las NTICs. Irónicamente, pese a que muchas de las hoy grandes empresas informáticas comenzaron con jóvenes nerds en el garage de su casa, hoy requieren de grandes capitales para existir y su finalidad prevalente es el lucro. Por tanto, necesitan vender grandes cantidades de sus productos al mayor número de mercados.

El resultado es inevitable: un país, el mundo, es menos democrático mientras más reducido es el grupo de quienes transmiten mensajes y mayor el de los receptores pasivos que sólo reciben. Se le niega a la gente el acceso a miradas distintas de los problemas sociales, económicos, políticos o culturales. La visión única del mundo, ha dicho Roberto Savio, presidente honorario de Inter Press Service, conduce al pensamiento único.
“La dictadura de la palabra única y la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, está imponiendo un modo de vida que tiene por ciudadano ejemplar al consumidor dócil y al espectador pasivo - dice Eduardo Galeano –… Los medios dominantes de comunicación, que muestran la actualidad como un espectáculo fugaz, ajeno a la realidad y vacío de memoria, bendicen y ayudan a perpetuar la organización de la desigualdad creciente” . Y este mensaje único se verá billones de veces multiplicado, en cantidad y velocidad, por el avance creciente de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) manejadas por el capital y el mercado. Es lo que requiere la globalización del modelo hegemónico para eternizarse.

En resumen, no es suficiente, como pretenden Naciones Unidas y la Unión Internacional de Telecomunicaciones en la Cumbre de la Sociedad de la Información, “salvar la brecha digital” con más computadores en los países tercermundistas.

LA SOCIEDAD CIVIL TOMA LA PALABRA

Previendo el rumbo que tomaría esta Cumbre de Ginebra, las ONG representantes de la sociedad civil y de los países en desarrollo se prepararon con mucha anticipación para presentar una visión más amplia de esta Sociedad de la Información, tratando de cambiar en primer lugar, el concepto de “información” por aquel más amplio de “comunicación”. Su propuesta “Construyendo sociedades de la información para las necesidades humanas” ha sido difundida por la gran red y es un documento de 25 páginas donde se plantean muchas ideas para que “otra comunicación sea posible”.

Ecos de este mensaje se oyeron en Ginebra. Porque por primera vez la sociedad civil fue aceptada en una conferencia de Naciones Unidas, como invitada periférica. Fue el convidado de piedra, pero no se pudo ignorar su presencia. Paralelo a la Cumbre las ONG que la representan realizaron el Foro Mundial sobre el Derecho a la Comunicación, que evacuó el informe final ya mencionado, donde se enfatizaba el rol de las comunicaciones para crear ciudadanía y sociedad.

Poco o nada recogió de estos conceptos la declaración final oficial de la Cumbre, como señalábamos al comienzo, pero se avanzó un paso cuando se aprobó también la incorporación de la sociedad civil en el grupo que discutirá en Túnez, en marzo próximo, quién debe gobernar la Internet, otro tema candente. Aquí se juega ni más ni menos que el problema de la libertad de expresión, de información y de opinión. En la actualidad, quien cumple de alguna manera esta función es la la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN), creada por Estados Unidos en 1998, y con sede en Washington. Para hacerla más independiente del país hegemónico, se sugirió que la rigiera un organismo a nivel de Naciones Unidas, pero Estados Unidos ha propuesto que este vital asunto se discuta en el marco del Grupo de los 8, es decir, de los países donde campea el capitalismo, porque en su estimación, sólo la empresa privada garantiza la libertad de la Internet.

LA CAMPAÑA CRIS

La campaña Derechos de Comunicación en la Sociedad de la Información (CRIS) comenzó en noviembre de 2001 por la Plataforma por los Derechos de Comunicación, un grupo de ONG internacionales activo en medios y comunicaciones. Para ella, la Cumbre de Ginebra y ahora de Túnez, es un medio, no un fin, pero es un buen escenario para comenzar a nivel mundial. “Nuestra visión de la Sociedad de la Información se basa en los Derechos de Comunicación como la manera de fortalecer los derechos humanos y la vida social, económica y cultural de las personas y las comunidades. Crucial en esto es que las organizaciones de la sociedad civil se agrupen para ayudar a construir una sociedad de la información basada en principios de transparencia, diversidad, participación, justicia social y económica, e inspirada por perspectivas igualitarias de género, cultura y regionales .”

El derecho a comunicar es un derecho humano universal, que sostiene y sirve todos los demás derechos. La emergencia de la sociedad de la información debe velar para que este derecho se amplíe y se refuerce en beneficio de todos.” (Media Development, 4/2002). La importancia de que sea reconocido como un derecho humano deriva del hecho de que a partir de tal reconocimiento, cualquier individuo o grupo social puede exigir del Estado que se constituya en garante de su ejercicio. (Carlos Derpic, Defensoría del Pueblo de Bolivia). Y cuando hablamos de comunicación, queremos decir: hablar, escuchar, leer, escribir, expresar informaciones u opiniones a través de gestos u otras manifestaciones, ya que lo que hacen los medios de comuinicación - desde la imprenta hasta Bill Gates - es únicamente multiplicar, “amplificar esa comunicación por diferentes medios y a distintos lugares en instantes y desde uno o varios puntos” ( ).

Sin embargo, en la mayoría de los países, los medios no están al servicio de las personas, sino del beneficio de sus propietarios que los manejan como empresas que deben darles ganancias al vender un producto que es la información. La información es poder y hoy en día, la información es un elemento infaltable en la vida de las sociedades para su mejor desenvolvimiento. Pero ¿qué pasa cuando las personas o las comunidades, no tienen acceso más que a una forma de ver este desarrollo y ese desarrollo no ha sido favorable para las grandes mayorías empobrecidas? ¿Qué se requiere para asegurar un acceso posible (que yo pueda pagar) a la información y a la comunicación a nivel local, nacional y global? ¿Qué tipo de propiedad de los medios se requeriría para contar con medios amistosos con la gente y con el medioambiente?

En la mayoría de los países, los medios de comunicación están en manos de corporaciones del sector privado.Peor aún, se considera que mientras más lejos estén del Estado, más democráticos serán estos medios y más democrática la sociedad donde operan. Y a contrario sensu, es difícil convencer a la gente de que si el Estado – que somos todos nosotros - no interviene para regular la conducción de esos medios por parte de sus dueños, el resultado puede ser lo opuesto, es decir, anti-democrático. Veamos el caso de Venezuela, donde los grandes medios han hecho una fuerte campaña contra el Presidente Hugo Chávez, en circunstancias de que, le guste o no a la clase pudiente, el pueblo lo ha elegido y ratificado varias veces. Los medios de comunicación no han reflejado en ese caso el sentir y la voluntad de las grandes mayorías soberanas. Tampoco reflejaron lo que sentían los rumanos cuando de la noche a la mañana el pueblo derrocó a Ceacescu y lo ejecutó en la plaza pública. En otras palabras, quiere decir que, ni manejados sólo por los privados ni sólo por el Estado se puede asegurar que los medios reflejen el sentir de la gente a la que deben informar y comunicar. Por lo tanto, debieran existir distintos tipos de propiedad de los medios - como proponíamos en nuestra política de comunicaciones de los ´80 - y una atenta regulación por parte del Estado. Estamos hablando de una política de comunicaciones. Todos los sistemas de medios son el resultado de políticas gubernamentales directas o indirectas y si el Estado se abstiene de regular, también está afectando al sistema y eso mismo, por ausencia (default), se constituye en una politica de comunicaciones. No es real esa afirmación que hizo un ex director de la Secretaría de Comunicación y Cultura en el sentido de que “la mejor política de comunicaciones es la que no existe”. Siempre existe una política de comunicaciones. En nuestro caso, la discusión de la Ley de Prensa y su resultado, ya estableció una, sin contar en otras medidas administrativas que el Ejecutivo ha puesto en práctica. Pero volvamos a la campaña CRIS.

Uno de los puntos conflictivos por los cuales esta plataforma se abre difícil paso en el mundo globalizado y mercantil, reside en que entre los derechos de comunicación está el uso del conocimiento generado por siglos por la humanidad en forma libre, no obstaculizada por las patentes y derechos de autor que la gran mayoría de la población no pueden pagar para acceder a ellos. Se sostiene que las ideas y el conocimiento no son únicamente el producto de individuos ni corporaciones, sino que en su mayor parte, son producto de tradiciones y sabiduría oral o colectiva de las distintas culturas y sociedades. Por tanto, la sociedad tiene derecho a usar esas ideas en beneficio del bien común, en especial si son clave para su bienestar social y físico. Pero hay individuos y corporaciones que se han adueñado de estas ideas y las han patentado, colocando una barrera para su uso y beneficio por todos. Los derechos de propiedad intelectual han limitado, por ejemplo, el acceso del público a textos escritos con el resultado de estudios que podrían mejorar su vida. Y también, estos derechos de propiedad intelectual se han infiltrado en el campo de la alimentación y de la medicina, amenazando la biodiversidad y el conocimiento milenario de pueblos indígenas.

Por eso cuando en la Cumbre de Ginebra la sociedad civil propuso que se permitiera el uso libre del software para internet en los países del Tercer Mundo, Estados Unidos se opuso firmemente y en ello lo siguió la mayoría de los estados poderosos presentes.

Estamos atrasados. Ya está en marcha la campaña CRIS (Derechos de Comunicación en la Sociedad de la Información) en Italia y Bolivia, Colombia y Estados Unidos, y a partir del Foro de las Americas de julio último en Quito, en Uruguay y seguirá en muchos otros países del subcontinente. Una de sus tareas en estos meses ha sido trabajar el Proyecto de Gobernancia Global de la Campaña por Derechos de Comunicación, patrocinado por la Fundación Ford, y que tiene como objetivo apoyar la emergencia de los Derechos de Comunicación o campaña CRIS a nivel nacional, relacionado con las necesidades locales y la dinámica influída por los procesos globales. Con ella la sociedad civil se prepara para la segunda parte de la Cumbre, en Túnez, marzo de 2005. La sociedad civil chilena aún no ha dado ningún paso al respecto.

“Nuestra visión de la Sociedad de la Información – afirma CRIS - se basa en los Derechos de Comunicación como la manera de fortalecer los derechos humanos y la vida social, económica y cultural de las personas y las comunidades. Crucial en esto es que las organizaciones de la sociedad civil se agrupen para ayudar a construir una sociedad de la información basada en principios de transparencia, diversidad, participación, justicia social y económica, e inspirada por perspectivas igualitarias de género, cultura y regionales .”

Además del documento evacuado por la sociedad civil en Ginebra, la discusión aquí podría partir por las conclusiones del Foro Social de las Américas realizado en julio en Quito: que las comunicaciones y los medios de comunicación (incluyendo las TICs) son bienes de servicio público cuya función va mucho más allá de los aspectos tecnológicos y comerciales que pretenden imponer la Organización Mundial de Comercio y los TLC. Y entonces, los grandes consorcios transnacionales de las telecomunicaciones no tienen otra razón de ser que la acumulación de riqueza y poder. Nosotros necesitamos otra cosa: necesitamos medios que canalicen todas o la mayor parte de las ideologías, que representen distintos pensamientos y distintas culturas, que se puedan crear y funcionar bajo distintos tipos de propiedad de modo de presentar visiones variadas de cómo desarrollaros en bienestar y felicidad. Porque la comunicación es una necesidad y no un lujo y por lo tanto, los Estados deben reconocerla como derecho y luego garantizar su pleno ejercicio. En esto consisten los derechos de comunicación que promueve la campaña CRIS por el mundo.

El movimiento social chileno debe movilizarse para realizarla en nuestro país.

Santiago, noviembre de 2004.

Bibliografía:

• Media Development, 4/2002, Journal of the World Association for Christian Communication, WACC, London.
• Media Development, 3/2004, WACC, London.
• Action, Number 255, March 2004, WACC, London.
• Otra Comunicación es Posible, CRIS Bolivia, Memoria I y II Encuentro Nacional, Diciembre 2002, Enero 2003, La Paz, Bolivia.
• La Comunicación en los 80, Alternativas y Perspectivas, Informe Seminario de Comunicaciones, 23-27 noviembre, Serie Estudios Ainavillo, Santiago, Chile, 1983.
• Hacia una nueva comunicación para Chile, II Seminario Internacional de Comunicación, El Tabo, noviembre 1983, Ediciones ICECOOP, Chile.
• Comunicaciones hoy y futuro, III Seminario Nacional de Comunicaciones, agosto-noviembre 1985, Santiago, Ediciones ICECOOP, Chile.
• Ley de Prensa. Ley Nº 19.733 sobre Libertades de Opinión e Información y Ejercicio del Periodismo. Editado por Colegio de Periodistas de Chile. Impreso por Editorial Pachakuti Ltda., Santiago, Chile, 2001.
• Diario El Mercurio, Santiago de Chile, diversas ediciones 2002-2004.

Sitios en Internet:

www.communicationrights.org
www. wacc.org.uk/modules
www.wacc.al
www.forosocialchileno.cl

 

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