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OBSERVATORIO GLOBAL DE MEDIOS
LOS MEDIOS DE COMUNICACION Y LA
FORMACION CIUDADANA
Propuesta de ponencia del Observatorio de Medios para evento UCAB
Introducción
En este trabajo se aborda la
relación entre medios y ciudadanía, desde una perspectiva críti-ca.
Partiendo del supuesto de que una información oportuna, plural,
diversa y de calidad es vital para la conformación del espacio
público, como espacio de civilidad, se pasa revista al proceso de
concentración oligopólica de los medios y su incidencia negativa en
la forma-ción ciudadana, especialmente en ésta, la llamada “sociedad
de la información”. De mane-ra muy sintética se llama la atención
sobre la incidencia de las tecnologías de información y comunicación
que facilitan articular en un mismo momento acumulación de capital,
domi-nio político y manipulación sociocultural. En la parte final se
analiza la coyuntura actual del país en materia comunicacional,
mostrando lo que está en juego entre democracia repre-sentativa y
democracia participativa, la necesidad de una política de Estado y
la necesidad de la regulación de los medios, así como el pleno
derecho de los diferentes sectores socia-les en la defensa de sus
intereses mediáticos, siempre que estos no obturen la conciencia
social ni el sentido solidario de construcción ciudadana. El lector
atento tendrá que estable-cer las conexiones necesarias entre la
complejidad de temas que, por la naturaleza de este trabajo apenas
pueden enunciarse.
La importancia de la información en la construcción de la
ciudadanía
“Los medios de comunicación social son instrumentos
fundamentales para la vigencia y el funcionamiento del sistema
democrático. De la naturaleza de los mensajes de los medios depende,
en alto grado, la conformación de la opinión pública. De allí la
necesidad de un sistema comunicacional que garantice un flujo
informativo libre, permanente, fidedigno y plural, y una amplia
confrontación de opiniones que proporcionen al ciudadano suficientes
elementos de juicio para permitirle la toma de decisiones
conscientes en su participación en la esfera de lo público”.
Este párrafo, que forma parte de la Declaración de Principios del
Observatorio Mundial de los Medios, capítulo Venezuela, sintetiza la
opinión de un grupo de profesionales y usua-rios de los medios,
agrupados en esa organización, en cuanto a la importancia y la
necesi-dad de que el proceso comunicacional en su dimensión
informativa cumpla con su obliga-ción en la formación de la
ciudadanía en una sociedad democrática.
Esta misma preocupación existe también en muchos otros países.
Analistas, comunicadores y receptores expresan cada vez con mayor
énfasis su rechazo a las modificaciones que se registran en las
formas y procedimientos de los medios masivos. Éstos han abandonado
los preceptos que habían normado su papel y su funcionamiento: su
responsabilidad social en tanto intermediarios entre las instancias
de los poderes instituidos de cualquier signo - polí-tico,
económico, cultural, ideológicos, militar, religioso, de los grupos
de presión, partidos y movimientos sociales – y los ciudadanos.
Esta intermediación implica que no basta con la existencia formal de
la libertad de expre-sión ni con el derecho a la información.
Existe, además, la responsabilidad de los medios de proporcionar un
tipo de información y de orientación que garanticen realmente una
partici-pación más plural, diversa e igualitaria de los ciudadanos
en la vida pública. La redistribu-ción de los conocimientos, que
siempre son un poder, a través de las informaciones y opi-niones,
aminora el desequilibrio existente entre los sectores hegemónicos y
los estratos me-nos favorecidos. Se contribuye así a tender a lograr
el equilibrio entre la libertad e igual-dad en el marco de un
sistema democrático moderno. Esta es la ecuación que están llama-dos
a cumplir los medios y los periodistas, equidistantes de los
factores del poder político, - de los gobiernos de turno y de los
partidos – y también libres de los condicionamientos que pueden
surgir desde los otros sectores de poder social, militar, religioso
o empresarial.
La responsabilidad social de la prensa en la tradición liberal bajo
la cual se constituyó el moderno espacio público, tuvo como uno de
los principios de la empresa periodística, -por lo menos de aquella
denominada “independiente”-, el deber de presentar una información
oportuna, imparcial y de calidad, como una mediación indispensable
para proporcionar a los ciudadanos los conocimientos que
posibilitaran su propia formación ciudadana y demo-crática en el más
amplio sentido del término. Toda la teoría política liberal, de
Locke a Kant reivindica la importancia de la información en la
constitución del espacio público y la democracia y también Habermas,
más contemporáneamente, ha mostrado la importancia de la información
en la transformación de la vida pública.
La configuración del espacio público en la “sociedad de la
información”
Si la dimensión comunicativa-informativa en la constitución del
espacio público y la ciuda-danía fue importante ayer, hoy es
fundamental. En efecto, en la sociedad actual – la llamada sociedad
de la información – se caracteriza por la importancia determinante
de la informa-ción y de la comunicación como mecanismos hegemónicos
de la reproducción de la socie-dad. El control de los códigos con
los cuales se produce e interpreta la información es la clave de la
dominación. De esta manera, los medios se convierten en el espacio a
través del cual se libra la lucha simbólica sobre el significado de
la información, la cual es determi-nante en la constitución del
individuo, la formación de los movimientos sociales, la natura-leza
de la acción colectiva, el carácter de la esfera pública y el propio
ejercicio de la demo-cracia.
Este papel fundamental de la información en la constitución de la
vida social ha sido refor-zado por la revolución microelectrónica
que ha producido un incremento sorprendente de la velocidad de
procesamiento de la información y una expansión enorme en la
capacidad de almacenamiento, procesamiento y manipulación de datos.
A la luz de esta revolución, se ha desarrollado lo que algunos
autores como Tapscott1 llama
la nueva industria de los medios de comunicación, que se ha
convertido en el sector más dinámico de la economía mundial, con la
característica de ser un sector cuya producción está dirigida a
incidir en la conciencia y el imaginario social.
Considerando esta característica, y la importancia que han adquirido
las industrias de con-tenido, la integración industrial que permite
la convergencia tecnológica, los variados desa-rrollos de la
televisión y la multimedia, la convergencia de inversiones de
capital hacia el sector, entre otros factores, puede afirmarse que
el proceso de acumulación del capital es a la vez, simultáneamente,
el proceso de manipulación de la conciencia social y de dominio
político.
De esta forma, se verifica lo que Emanuel Derieux, profesor del
Derecho de la Comunica-ción en la Universidad de París, señalaba
como uno de los peligros que acechan a la Co-municación Social:
“Ampliamente liberados, aunque no totalmente, de las amenazas y pre-siones
del poder político, los Medios de Comunicación Social de una
sociedad democrática liberal pueden caer bajo el control del poder
económico, quedando sin capacidad de asumir la misión, que
normalmente es la suya, de mantenerse al servicio de los ciudadanos
y del debate de las ideas” (Revista Chasqui, Nº 77)
Esta “caída bajo el control del poder económico” se está produciendo
a escala planetaria. La consecuencia inmediata es que los contenidos
y los fines de la comunicación vienen siendo puestos, cada vez más,
en función de los intereses del capital, al punto de que los medios
globales se han convertido en los nuevos misioneros del capitalismo
corporativo2 . Esta situación
se agrava en las naciones subdesarrolladas, como la nuestra, donde
no resulta fácil determinar ni el alcance ni mucho menos impedir la
nefasta influencia corporativa de los medios.
El capital transnacional, gracias a los procesos de globalización3
y apoyado en las tecnolo-gías de información y comunicación, TICs,
opera hoy a una escala planetaria en la que, en la medida en que se
amplia su esfera de circulación para incrementar su acumulación, pre-siona
por “colonizar” todos los intersticios de la vida social y privada a
través de su aparato comunicacional. De esta manera, los medios de
comunicación, convertidos en el corazón de los grandes consorcios
capitalistas, operan al servicio de los intereses políticos,
sociales y culturales consistentes con la lógica de la acumulación
del capital. La vida social tiende a organizarse bajo una fuerte
incidencia de la racionalidad mercantil, del pensamiento políti-co
excluyente y de matrices culturales que tienen en el consumo el
sentido de pertenencia y realización social.
Como lo afirman muchos estudiosos de los fenómenos contemporáneos
tanto respecto al poder financiero globalizador, como al
determinismo que las tecnologías están imponiendo a la vida, al
pensamiento y a la manera de sentir del hombre contemporáneo,
estamos in-mersos en un punto de inflexión histórico desde el cual
se hace difícil percibir el significa-do de lo que está ocurriendo.
Mucho menos nos permite descubrir todos los intersticios por los
cuales se insertan en nuestra mente los valores que preceden a la
instalación definitiva de una forma de vida determinada por los
intereses de las grandes transnacionales del capi-tal y de manera
especial aquellas de la tecnología comunicativa.
A la desorientación natural producida por la falta de asideros
teóricos críticos que ayuden a orientar la reflexión sobre los
fenómenos, pues el propio pensamiento se ha hecho efímero, ligero y
circunstancial, se suma un fenómeno no registrado en otras épocas de
crisis: el enorme poder de manipulación sociocultural y política con
que hoy cuentan los grupos mo-nopólicos, gracias al control
hegemónico sobre el conocimiento y las TICs y la propiedad. Todo
este poder de manipulación es desplegado para convencernos de las
bondades del dominio financiero a escala planetaria, presentando
todo el proceso como la oferta de la felicidad. El futuro está en
sus manos: disfrútelo. Posea el último aparato tecnológico, reza el
eslogan publicitario. De esta forma se substituye la vieja idea del
progreso que desde el siglo 18, prometía la utopía del bienestar
general por un paraíso de evasión, vía telemática, en el que,
además, se rompe todo vinculo de solidaridad y se obscurece toda
conciencia so-bre la necesidad de la transformación de la sociedad
como objetivo fundamental del hom-bre.
Acumulación de capital, dominio político y obliteración de la
conciencia social.
Ahora bien, hasta el momento precedente a la actual revolución
tecnológica, si bien todo el aparato ideológico y publicitario
funcionaba legitimando las relaciones sociales de produc-ción, los
procesos de acumulación de capital se daban fundamentalmente en un
espacio (la factoría) y en un tiempo (el tiempo de trabajo) y la
publicidad y el entretenimiento se daban en otro espacio (el espacio
privado del hogar) y en otro tiempo (el tiempo de ocio). Hoy día, el
proceso de acumulación sobrepasa el tiempo de trabajo y se extiende
al tiempo libre, que es penetrado por la ahora llamada industria de
contenidos, colonizando el espacio pri-vado en función del consumo
convirtiendo el tiempo de descanso y ocio en tiempo de en-tretenimiento
que, a su vez, es instrumentalizado a través de la manipulación
ideológica y consumista.
De suerte que los medios de comunicación social, en todas sus
facetas, sistemas, conteni-dos, variedades tecnológicas pasan a
ocupar el centro de interés de las grandes fuerzas fi-nancieras,
tanto por los beneficios económicos esperados como por el poder de
penetración y de convencimiento de los medios. Por un lado,
acumulación de capital a través de la ven-ta del soporte
tecnológico, equipos, software, especulación financiera; por otro
lado, mani-pulación de la conciencia social, que a veces llega a la
adicción, en cuanto al uso, disfrute y credibilidad de los
contenidos que ofrecen.
La dimensión periodística propiamente tal de esos contenidos tiene
una importancia de primer orden para todo el proceso. Si los
contenidos de evasión permiten la desideologiza-ción y la lasitud
creciente en cuanto a la identificación societaria del individuo, la
infor-mación contingente de los medios está sufriendo una
metamorfosis de consecuencias im-previsibles, problema que debe ser
comprendido sobre todo cuando, como en el presente encuentro, se
pretende relacionar la comunicación social con la formación
ciudadana.
El abandono de su función social por parte de los medios de
comunicación social y su su-plantación por contenidos informativos
tendenciosamente orientados hacia cierta vacuidad social ha
impulsado a sectores periodísticos, universitarios y sociales a
cuestionar su papel en el contexto de las democracias occidentales.
Al mismo tiempo se buscan las vías para revertir esa tendencia. Las
denuncias llenan las páginas de las publicaciones independien-tes,
al margen de los poderosos grupos empresariales. Internet es pródigo
en ese sentido, y a menudo constituye la única vía de acceso de esas
denuncias y proposiciones. Los gran-des medios, como es lógico,
ignoran por completo esos hechos, como otras tantas cosas
trascendentales para el mundo.
Reseñemos un ejemplo para ilustrar la anterior afirmación. La
Columbia Journalism Re-view, dependiente de la Escuela de Periodismo
de la Universidad de Columbia en Nueva York, reseña en su número de
agosto septiembre de 1998, lo siguiente: “Hasta hace dos décadas la
mayoría de los medios (norteamericanos) -periódicos, revistas,
estaciones de ra-dio y televisión- eran empresas pequeñas o
familiares, pero ahora forman parte de grandes consorcios. Otra
variante es que durante los años 80 y 90 los principales medios
estadouni-denses acudieron en masa a cotizar en Wall Street4”
. La consecuencia ha sido la “frivoliza-ción” o “tabloidización” de
la información que ahora enfatiza las noticias sobre “escánda-los de
celebridades, chismes y otras historias de ´interés humano´ ” que,
entre 1977 y 1997, pasaron a ocupar del 15 al 43% del espacio de los
principales noticieros de televi-sión, portadas de revistas y las
primeras páginas de los periódicos más importantes de los Estados
Unidos. Según John Soloski, director de la Escuela de Periodismo de
la Universi-dad de Iowa, “Las compañías de medios que entraron a
cotizar públicamente están en un circulo vicioso del cual no pueden
salir” debido a que gran porcentaje de estas acciones es-tán en
manos de instituciones -fondos mutuales, fondos de retiros,
compañías de seguros- que presionan por el incremento de las
ganancias, antes que por la calidad del periodismo. Según el mismo
Soloski, "Esas instituciones financieras son evaluadas semanalmente,
men-sualmente, trimestralmente en su desenvolvimiento. Así que ellos
trasladan esa presión -que es bastante- a las compañías de medios5
". Estos a su vez presionan a sus jefes de in-formación para elevar
por cualquier medio necesario los precios de las acciones.
Esta situación ha llevado a una creciente preocupación por parte del
Estado hacia el papel de los medios. En algunos países como México,
tiene lugar un proceso de reforma del Es-tado y en cuyo marco se
discute el papel de los medios masivos. Las denuncias se refieren
sobre todo a los contenidos de los medios radioeléctricos y surgen
demandas para una nue-va regulación del régimen de propiedad de los
mismos, con el fin de detener la tendencia hacia la monopolización
de esos medios por parte de fuertes inversionistas privados que
tratan de consolidar el control de los mismos a través de la
concentración de la inversión accionaria y publicitaria.
Se espera que para el próximo año entre en vigor la nueva Ley
Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública y para
entonces la Universidad Autónoma de México es-pera graduar a dos
promociones de abogados especializados en la recién creada cátedra
del Derecho de Acceso a la Información. El director del instituto de
Investigaciones Jurídi-cas de la UNAM, Diego Valadés, aseguró que
uno de los principales problemas del país es la falta de información
y afirmó que “no hay desarrollo democrático sin el acceso a infor-mación”.
Por su parte, la FELAP, organismo que agrupa a los periodistas
latinoamericanos, en su reunión realizada en el mes de mayo,
denunció que “los grandes consorcios de otros cam-pos penetran en el
de la comunicación y la información, donde se reflejan sus intereses
par-cializados, rompiendo la equidistancia con otros sectores de la
sociedad. La concentración y las megafusiones van excluyendo
progresivamente a editores y medios sustentados con el apego a la
independencia y soberanía que dieron lugar a su nacimiento”.
La necesidad de regulación de los medios de comunicación
En muchos países surgen iniciativas de distinto tipo para enfrentar
lo que pareciera ser in-herente al proceso globalizador y se
adelantan acciones de tipo legal mediante leyes espe-cialmente
concebidas para impedir la concentración de los medios en manos de
poderosos consorcios nacionales y transnacionales. Asimismo, se
realizan movilizaciones y protestas y se discuten nuevas leyes que
actualicen la normativa para el otorgamiento de las conce-siones del
sistema radioeléctrico, y normas que faciliten la fiscalización de
los contenidos emitidos por los medios, como en el caso de Italia.
Especialmente novedosa e importante es la participación de los
grupos organizados de la sociedad civil en este intento por evitar
que el monstruo de mil cabezas se apodere de for-ma total de los
medios, de los contenidos y de las mentes de los ciudadanos. Además
de denunciar el carácter monopólico de la conformación de los
medios, de exigir un mejor y más amplio carácter informativo y una
más sana programación televisiva, sobre todo en defensa de los niños
y adolescentes, los sectores sociales organizados buscan las formas
de contrarrestar la dependencia informativa de los medios y crear
nuevas formas de obtener los conocimientos sobre la actualidad
nacional e internacional.
En Argentina, por ejemplo, se instalan radiodifusoras regionales de
carácter comunitario, con escasos medios tecnológicos, pero con
alcance suficiente para su grupo social. Se mul-tiplican los medios
impresos, de factura modesta, pero con contenidos necesarios. Estos
medios han tenido un importante papel organizativo en los
acontecimientos de protesta y de ayuda mutua durante los
acontecimientos de los últimos meses en ese país.
Pero no solo se trata de la sociedad civil. También algunos sectores
investigadores y algu-nas universidades vienen realizando esfuerzos
por investigar este fenómeno de la concen-tración monopólica de los
medios y sus efectos en la vida social. Recientemente tuvo lugar en
Sevilla, España, la fundación de la Unión Latina de Economía
Política de la Informa-ción, la Comunicación y la Cultura, ULEPICC,
por investigadores vinculados a más de 30 universidades del mundo
latino. En uno de los apartes de su declaración de principios esta-blece
que “Todos los sectores de la comunicación, apoyándose en la
convergencia que pro-pician las TIC pasan por una brutal
concentración y centralización apoyados por el poder estatal,
mientras que, por otro lado, ese mismo poder dificulta al extremo la
acción de aque-llos actores no hegemónicos que podrían representar
una alternativa democrática y progre-sista de organización de los
sistemas de comunicación como el movimiento de las radios y
televisoras comunitarias y todos los sectores de servicio público,
cada vez más arrincona-dos y desfigurados, imposibilitados de
competir contra los poderosos intereses económicos oligopólicos6”
.
Como puede apreciarse, las sociedades se orientan a confrontar este
tipo de globalización de la información y la comunicación por dos
vías: mediante acciones de tipo legal a través de las cuales los
Estados garanticen el derecho ciudadano a la información y la
comunica-ción plural, diversa, oportuna y de calidad, y por otro
lado buscando acceder al conocimien-to de la realidad social a
través de medios fundados al margen de los monopolios informa-tivos.
Tal respuesta podría juzgarse débil y poco efectiva dada la magnitud
del poder finan-ciero que enfrenta. Sin duda, es difícil suponer
que, sin una decisión firme desde el poder político para revertir la
tendencia global hacia la concentración y la penetración de
capitales transnacionales en el sector de las telecomunicaciones en
países atrasados, como los lati-noamericanos, sea posible lograr
cambios substantivos.
Sin embargo, la batalla por el dominio mundial recién está en su
primera fase expansiva. Tampoco se trata de una ofensiva monolítica
por parte de los capitales monopólicos como podría deducirse de la
terminología que por lo general se usa. Aunque la monopolización y
centralización del capital operan en ese sector a una escala inédita
de transnacionalización, en ningún momento se diluyen las bases
nacionales de los monopolios que tratan de no perder todo el control
de mercado.
En el fondo, la disputa planteada en torno a la desregulación de las
telecomunicaciones y de las nuevas y viejas tecnologías es la
disputa por la posibilidad de defender la soberanía como pueblo y
como nación, por tener la posibilidad de un desarrollo económico y
social autónomo e incorporado a la esfera mundial en condiciones no
onerosas, por tener una cul-tura con posibilidad de contribuir al
desarrollo humano y solidario de la sociedad. Lo cual pasa por la
confrontación del poder y la concentración y centralización de los
medios. Y esto, de alguna manera, se expresa en las iniciativas de
los periodistas, de sus organizacio-nes, de los sectores sociales
que están aprendiendo a percibir las falacias de los medios de
comunicación social y a reclamar sus derechos en el área de la
cultura y de la información.
Se daría así un fenómeno nunca antes visto en la dinámica de las
formaciones de movi-mientos sociales y que nada tiene que ver con la
normativa que sobre los medios elaboró la Teoría Social de la
Comunicación: el sentido de ciudadanía se estaría formando en
sentido negativo, es decir, no solo al margen de los contenidos de
lo medios en cuanto a la partici-pación ciudadana, sino justamente
por su ausencia, por no existir ningún elemento que se supone
indispensable para la identificación del receptor en su calidad de
ciudadano.
Sin embargo, habría que aclarar que esa toma de decisiones y de
acciones se limita por aho-ra a grupos sociales más o menos
restringidos que se sienten motivados en asumir la ini-ciativa de
reclamar y exigir sus derechos ciudadanos. La gran mayoría sigue
expuesta a los contenidos culturales e informativos de los medios
que le niegan ese acceso a su identifi-cación como miembro de una
sociedad.
Medios, espacio público y ciudadanía en la Venezuela actual
En Venezuela, a diferencia de los demás países latinoamericanos, se
vive una condición distinta. En términos políticos la situación del
país se caracteriza por un proceso de transi-ción de un régimen
político de democracia representativa a uno de democracia
participati-va. La sola denominación no implicaría necesariamente un
contenido de transformación real si ese mandato constitucional no
hubiese logrado movilizar a grandes grupos humanos en la concreción
de ese concepto que, en lo social promete alcanzar el desarrollo
pleno, digno y vital de todos, con la participación de las mayorías
nacionales excluidas y poster-gadas durante la época de la
democracia representativa.
A pesar de que ese proceso de transformación se ha planteado tanto
por el gobierno como por importantes sectores sociales, como un
proceso pacífico y participativo, lo cierto es que diversos factores
llevaron al país al actual estado de confrontación. Sin entrar a
considerar las causas que generaron ese estado de cosas, es
necesario señalar que los grandes medios de comunicación asumieron
el papel protagónico, al abrogarse un liderazgo como voceros
propagandísticos y agitativos de la oposición. De esta forma dejaron
de cumplir el rol que en una democracia se les asigna a los medios
masivos.
A su vez, y en cierto sentido como consecuencia de lo anterior, los
medios del Estado si-guieron la tendencia tradicional de esos medios
como voceros del Gobierno. De suerte que en Venezuela se estaría
conformando, gracias a la dispar actuación de los medios, un senti-do
contrapuesto de lo que es el proceso de conformación del espacio
público y de la propia ciudadanía. La actuación pública de cada uno
de los polos políticos demostraría la influen-cia que los medios han
logrado en el imaginario de los dos sectores sociales
Por un lado, el sector de la oposición encuentra en los medios
respectivos su plena identifi-cación al percibir sus mensajes como
reforzadores de posiciones y creencias ya existentes o en estado
larvario. En la elaboración de estos mensajes se aplican, con
impúdica evidencia, las más elementales técnicas de manipulación
informativa – ocultamiento de los hechos, tergiversaciones,
hiperdimensionamiento de aquellos acontecimientos que favorecen su
po-sición política, descontextualización de las declaraciones,
lenguaje descalificador – a tal punto que esos contenidos ofrecidos
como información periodística siguen toda la norma-tiva de
producción de los mensajes propagandísticos.
En el otro extremo del espectro político – comunicacional, incluidos
también los recién creados medios alternativos o comunitarios, se
procede con indudable tendencia a incenti-var el apoyo a la gestión
oficial y a movilizar a los sectores populares hacia la defensa del
proceso bolivariano con el cual se identifican por ser los sectores
de la sociedad venezola-na que había sido excluido del sistema de la
democracia representativa. También aquí la identificación de la
ciudadanía viene dada a través de un proceso comunicacional, sin
duda de menor intensidad y penetración, pero que logra articular el
sentido de pertenencia a un modo de concebir un sistema de sociedad
democrática y participativa y que actúan en con-sonancia en la
defensa de sus derechos como ciudadanos.
Esta dicotómica situación de la realidad venezolana actual demuestra
que el concepto de “ciudadanía” no es unívoco y que la misma
requiere de una precisión más extendida que la sola percepción de su
definición jurídica. En su acepción política significa el derecho a
par-ticipar activamente en la vida política del Estado al cual se
pertenece. El concepto actual tiene su origen en la ideología
liberal – democrática y en el concepto del “Estado de Dere-cho” del
siglo XIX. Su formulación primigenia aparece en la Declaración de
los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa en
1789 que fija la norma de la li-bertad política a todos los
ciudadanos de participar en las funciones públicas y en el ejerci-cio
del poder del Estado. Sin embargo, a pesar de que el principio de
igualdad de la ciuda-danía está consagrado en la mayoría de las
constituciones contemporáneas, “es frecuente que esta, en la
práctica, quede desvirtuada por factores económicos –sociales (clase
social, influjo), raciales o políticos”.(Juan Ontza “La Política”)
Esto fue lo que ocurrió en Venezuela durante los 40 años de la
democracia representativa: la exclusión de grandes grupos sociales
del ejercicio pleno de la ciudadanía, más allá de su participación
formal en las elecciones. En muchos contenidos de los medios de
comunica-ción social y en las manifestaciones verbales de los
sectores de la oposición se hace explíci-to el rechazo a permitir
que los sectores populares ejerzan esos derechos y, por ende, se les
niega la posibilidad real para el ejercicio de la ciudadanía.
El concepto de la soberanía popular, y su derivado de ciudadanía, no
es unívoco ni se veri-fica de forma automática. Como muchos otros
conceptos políticos tiene un substrato axio-lógico que debe ser
precisado para que la intención del legislador tenga verificación
plena.
Espacio público y ciudadanía en la democracia participativa
La idea de la democracia participativa tiene su origen, entre otras,
en la teoría roussoniana de la soberanía popular y la constitución
de ésta alrededor de la “voluntad general” que no es otra cosa que
el bien colectivo. La tesis central de Rousseau es que es necesario
formar individuos plenamente humanos para que puedan llegar a ser
buenos ciudadanos, pues la ciudadanía correctamente ejercida
facilita complementar la esfera pública y la esfera priva-da. Solo
una sociedad que produce seres humanos, en el sentido de seres
morales, autóno-mos y libres, capaces del bien común, puede formar
ciudadanos.
“Los antiguos políticos hablaban incesantemente de costumbre y de
virtud; los nuestros sólo hablan de comercio y de dinero”, escribía
Rousseau al contrastar su utopía con la descomposición de la
política en la naciente sociedad moderna en la que vivió. A diferen-cia
del credo liberal, Rousseau hace de las esferas públicas y privadas
esferas complemen-tarias y no esferas separadas y contrapuestas como
se establece en la filosofía política libe-ral. Este filósofo asigna
al ser humano dos principios originarios e inalienables: el de la
conservación de la vida y el de la solidaridad. Y serán éstos los
que “formulan todas las reglas del derecho natural” y quienes
marquen los objetivos y las condiciones del contrato social.
Desde este punto de vista, la deliberación normativa está guiada por
estos dos principios originarios y nunca meramente por el principio
de autointrés, como en el liberalismo. Es falso – asegura Rousseau –
que en el estado de independencia, la razón nos lleva a concu-rrir
al bien común por la consideración de nuestro propio interés, ya que
el interés particu-lar y el interés general sigue lógicas
divergentes y excluyentes, con lo que este pensador se adelantó a
criticar a Smith y su “mano invisible del mercado”.
En estos planteamientos hay una doble ruptura radical con la llamada
democracia liberal (o neoliberal): 1) establece que el pueblo, en
tanto la soberanía descansa en él, puede por sí mismo dirigir el
Estado, sin necesidad de delegar su soberanía, tal como en la
práctica su-cede con las democracias representativas o indirectas.
2) esta dirección del Estado está in-disolublemente unida a la
búsqueda del bien común, y no como en la democracia represen-tativa
en la que, bajo la argucia de la libertad individual, con el
camuflaje de la “igualdad de oportunidades” y el acicate de la
competitividad, se legitima el interés de grupos mino-ritarios
contrapuestos al interés general de la sociedad. Las relaciones
vinculantes entre es-tos dos puntos y las diferencias entre
representación y participación directa saltan a la vida.
El concepto de voluntad general en cuanto exponente procedimental
del bien común se concreta en la legislación general, la
Constitución, que establece la regla de lo justo y de lo injusto y
norma la sociedad con carácter imperativo. Ningún sector podrá
desconocerla ni estar por encima de ella en todo o en parte. La
soberanía, concebida así, no es otra cosa que la búsqueda del bien
común. Esto presupone la institución de una comunidad política real
-y no sólo nominal de igualdad ante la ley como en el liberalismo-
en la cual los individuos quedan efectivamente comprometidos, desde
su propia individualidad, en la búsqueda del bien común por encima
de sus intereses particulares, y no mediante una mera convergencia,
supuestamente garantizada, de los intereses particulares y del
interés general. Ello conlleva una transformación moral y política
de los individuos, mediante la cual se convierten en ciudadanos.
La Constitución bolivariana contiene prácticamente todos los valores
políticos y sociales desarrollados por Rousseau en su concepto del
contrato social. De forma que la respuesta a la interrogante sobre
la formación ciudadana - y el papel de la Comunicación Social en su
conformación – debería venir precedida por una precisión sobre el
alcance del concepto mismo de la ciudadanía en las condiciones
legales y políticas que hoy vive la sociedad ve-nezolana. Definir si
la calidad de ciudadano implica la asunción de los valores éticos y
procedimentales que fija la Constitución, libremente aprobada por el
pueblo, o se pretende asumir como válido el concepto liberal de
ciudadanía, lo que implicaría el desconocimiento de la legalidad
existente. En términos más precisos y en el ámbito de la
comunicación sig-nifica interrogarse si los propietarios de los
medios de comunicación, como sector particu-lar, administrando un
bien que es común, tal como lo es el espectro radioeléctrico, tiene
el derecho de imponer a la sociedad en su conjunto sus intereses
particulares. Asimismo, si el gobierno de turno, tiene el derecho de
imponer sus intereses al conjunto de la sociedad o si, por el
contrario, es necesario un política comunicacional de Estado que
orientada normati-vamente por la Constitución, garantice tanto un
espacio comunicacional de servicio público y universal al servicio
de la sociedad, y en determinadas circunstancias normadas por la
ley, un espacio para los sectores privados y para el propio
gobierno.
La divergencia conceptual y axiológica señalada supra se refleja en
las dos posiciones asumidas por los medios de comunicación durante
los últimos dos años. Más allá de los numerosos recursos
propagandísticos que se utilizan para apuntalar esas posiciones,
subya-ce en el fondo de todo el proceso de enfrentamientos
mediáticos la defensa de posiciones contrarias a lo que determina el
concepto de la democracia participativa y el bien común como valor
fundamental.
Si bien existe el compromiso tácito de que el individuo, al
convertirse en ciudadano, deba atenerse en todo a la voluntad
general, esta transformación no anula la voluntad particular de cada
miembro, cuya dinámica opera en sentido contrapuesto. La legitimidad
de sostener posiciones contrarias a los valores desarrollados en la
Constitución no puede desconocerse. Sin embargo, lo que debe
preservarse es el respeto por la normativa legal existente,
justa-mente la que ha pretendido violentarse tanto en los contenidos
de los medios como en los hechos de tanta evidencia
anticonstitucional como el golpe de Estado del 11 de abril.
En ese contexto pareciera un ejercicio de vacua utopía proponer
algunas vías o formas para que, especialmente los medios privados
pudiesen incidir en la formación de la ciudadanía. Tal vez lo único
que se les debería exigir es que, aún asumiendo una posición de
franco re-chazo al proceso que se vive, volvieran a cumplir con su
antiguo deber de informar. Nadie pueda exigirles que compartan los
valores del bien común ni de la democracia participativa de la
Constitución bolivariana. Para defender su punto de vista tienen a
su disposición los espacios de opinión de sus respectivos medios.
Pero la información es un bien común que pertenece a todos y que
nadie puede manipular en su beneficio exclusivo, menos en detri-mento
de otros sectores sociales.
En el marco de esta problemática sería conveniente referirse
brevemente a un fenómeno mundial que ha sido señalado con
insistencia por algunos periodistas y teóricos de los me-dios: la
metamorfosis que se está verificando en la comunicación social,
debido a la cre-ciente tendencia a asumir formas propagandísticas y
publicitarias en la elaboración y pre-sentación de los contenidos
informativos.
James Reston afirmó que el siglo XIX era el siglo de los escritores
y el siglo XX el de los periodistas. Apenas despuntando el nuevo
siglo surge el temor de que la profesión y la la-bor periodísticas
sean suplantadas por un profesional y una actividad de tipo híbrido
en el límite entre el publicista y el relacionista público. En otros
términos, la información pasaría a ser instrumentalizada con la
técnica de la propaganda. Ya no sería importante transmitir los
conocimientos que el ciudadano requiere para su desenvolvimiento
como ciudadano en una sociedad democrática. Lo importante sería
inducir al receptor a asumir determinados comportamientos acorde con
las decisiones tomadas en las instancias hegemónicas: go-biernos,
grupos de presión, empresas y consorcios transnacionales.
Estas aseveraciones, que en este momento puedan sonar a ciertos
presagios propios de ciencia ficción, no parecen estar tan lejos de
la realidad, incluso de la realidad venezolana. El vertiginoso
desarrollo tecnológico, la imbricación de los distintos medios para
la pro-ducción de los contenidos, la preeminencia del personal
técnico en desmedro del periodista, la concentración horizontal de
los recursos para la producción de los contenidos y la con-centración
vertical de los capitales para abarcar la mayor gama posible de los
medios son algunos de los síntomas que impulsarían un cambio de la
esfera comunicacional hacia una conformación diferente de lo que
hemos conocido hasta ahora.
La primera víctima de este proceso sería el periodista. La nítida
diferenciación que había existido entre el periodismo, la publicidad
y las relaciones públicas, en términos no solo de su especificidad
profesional sino, y sobre todo, en su dimensión ética, parece ser
hoy cada vez más laxa y en muchos casos esos diferentes roles
sociales de los comunicadores se so-lapan. Esta situación es más
evidente en los programas de opinión (en realidad, entrevistas de
opinión) en la televisión, cuando el periodista es al mismo tiempo
entrevistador, difusor de mensajes publicitarios y propagandista de
determinada posición política. Sin duda, las nuevas tecnologías
favorecen la desaparición del periodista, pero también contribuye a
ello ese comportamiento ambiguo del profesional de la información al
abandonar su primigenio papel social.
La segunda víctima serían los receptores, los destinatarios de los
mensajes que, en princi-pio, deberían contribuir a su formación
ciudadana. Pero el sentido y la técnica de un mensa-je
propagandístico y publicitario no forma ciudadanos, sólo
consumidores y borregos, muy lejos de los ciudadanos conscientes que
demanda una democracia participativa. La sociedad venezolana en su
conjunto y especialmente las escuelas de comunicación social, los
comu-nicadores sociales, los investigadores, profesores y
estudiantes tienen la palabra.
[1] Según la
clasificación del U.S. Bureau of Labor Statistics citada por
Tapscott, las comunicaciones incluyen telecomunicaciones; equipos
caseros de audio y video; equipos telefónicos y de telégrafo;
equipos de radio, TV y comunicaciones; transmisión de radio y TV; y
comunicaciones (excepto radio y TV). La computación incluye equipos
computarizados; semiconductores y equipos relacionados; componentes
electrónicos; equipo eléctrico y suministros; equipos de
investigación y navegación; servicios de computación y de
procesamiento de datos; software; talleres de reparación de equipos
eléctricos. Las llamadas industrias de contenidos, incluye diarios,
publicaciones periódicas, libros, publicaciones varias, publicidad,
fotocopiado, arte comercial, fotoacabado, películas, TV por
diferentes modalidades, alquiler de videocintas e industria del
entretenimiento en general. Las ramas que comprende este nuevo
sector, los montos de capital que mueve y la tecnología de punta que
utiliza explican por sí mismo su centralidad en el nuevo
ordenamiento económico mundial.
[2]
Véase Edward Herman y Robert Mcchesney:
Los Medios Globales. Los nuevos misioneros del capitalismo
corporativo. Cátedra, Madrid, 1997.
[3] Entendemos la
globalización como la fase actual de desarrollo del capitalismo en
la que coinciden al menos seis grandes procesos sociales: 1) la
crisis del régimen de acumulación de postguerra; 2) la ocurrencia de
la revolución científico técnica con su desarrollo de las
tecnologías de información y comunicación, las tecnologías de nuevos
materiales y las biotecnologías y bioingenierias; 3) la emergencia
de un nuevo paradigma productivo basado en la flexibilización de los
procesos de valorización y la precarización de las condiciones de
trabajo; 4) el colapso del “socialismo real” y la crisis de los
paradigmas, la alteridad y la utopía; 5) el ascenso del
neoliberalismo como paradigma social hegemónico, cuyo núcleo central
es la hegemonía mercantil, el “globalismo” y el “Estado mínimo”; 6)
el desarrollo de una cultura nihilista basada en el consumismo
hedonista sin ningún horizonte de trascendencia.
[4] Citado por Josefina Blanco en el artículo “El afán de riqueza
merma la calidad de la prensa. Un dardo en el alma del periodismo de
EE UU”. El Nacional, 09-08-1998.
[5] Ibídem.
[6] Véase
www.eptic.com.br
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