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OBSERVATORIO GLOBAL DE MEDIOS
LA ÉTICA DEL COMBATE
(El periodismo en tiempos de “pensamiento único”)
Por HERNAN CARRERA
De qué hablamos cuando
hablamos
El movimiento anti-globalización –o, para ser más justos y precisos:
el movimiento por una nueva globalización– se habría visto en
aprietos de haberse iniciado en esta Venezuela de hoy. Para empezar,
jamás hubiese podido acuñar esa metáfora precisa, filosa y
contundente que le permite resumir en dos palabras uno de los más
complejos problemas de la actualidad mundial. El “pensamiento único”
es en Venezuela otra cosa, algo decididamente más doméstico. Es lo
que nos lleva a que todo juego de pelota, todo bautizo de sobrinito,
toda reunión de la Asociación de Espeleólogos de Humocaro Alto y tal
vez hasta los diálogos de enamorados, terminen indefectiblemente en
el mismo asunto: se va o no se va. Un asunto que, de paso, se
plantea en términos no de duda ontológica, sino de demarcación
territorial. Algo así como: “Ultimadamente, ¿tú lo que quieres es
que el tipo se vaya o que se quede?”.
De ese yugo dilemático no se escapa ni la redacción de una crónica
de sociales. ¿Cómo lograr escapársele, entonces, para la discusión
de un tema tan candente y peliagudo como el ejercicio del periodismo
bajo condiciones, precisamente, de “pensamiento único”?
Tremendo dilema: la vida entera en toda su complejidad, reducida y
simplificada al extremo en que un solo pensamiento, lo bastante
elemental para apañárselas con dos neuronas, copa las mentes de
cientos de miles de personas. Tremendo absurdo.
Gerencia del absurdo
El absurdo nunca es un chiste. Es más bien una tragedia, pero una
tragedia que no escapa a la ironía, lo que sin duda permite algunas
sonrisas y no pocas mordacidades.
Si como periodistas tuviésemos que sintetizar hoy ese “absurdo
nacional” en una imagen, posiblemente no habría otra mejor que ésa
–ya cotidiana, por desgracia– del colega que sale a la calle vestido
de chaleco antibalas y máscara antigases.
Vista en clave trágica, esa imagen tiene dos caras. Una dice que el
periodista se ve obligado a vestir de tal suerte para poder salir a
la calle a recoger eso que llamamos “la verdad de los hechos”. La
otra dice que lo que lo obliga es, por el contrario, el hecho de no
recoger la verdad.
Las tragedias son así: unívocas, contundentes, inapelables.
Terroríficamente simples.
El absurdo, en cambio, es asunto más complejo, más contradictorio,
más humano y también, quizá por eso mismo, más irresoluble. El
absurdo en todo esto, lo que permite y hasta exige la sonrisa y el
sarcasmo, radica, como suele suceder, en un ligero detalle, una leve
contradicción: al señalar que chaleco y máscara son hoy –por decir
lo menos, para que en esto podamos coincidir todos– imagen de una
“interferencia” en el ejercicio periodístico, el periodismo olvida
con desoladora frecuencia un correlato ineludible. Olvida admitir,
siquiera como posibilidad, que en consecuencia también “la verdad de
los hechos” pueda estar interferida.
La ironía no es que la “visión” del periodista, y también su olfato,
su oído, su tacto y su habla, sus cinco sentidos, se vean
irremediablemente limitados y distorsionados al pasar por ese tamiz
–esa capa de fibras ultra-resistentes y borroso plástico, pero
también de dudas, de certezas, de miedos, de rabias, de prejuicios e
ideologías– que son chaleco y máscara, sean ellos reales o
metafóricos. La ironía es que el periodismo consienta en vestirse de
tal suerte que le resulte imposible hacer periodismo.
La viga, los ojos
Del lado acá, el periodista enchalecado. Del lado allá, el dedo
engatillado. Es esta una visión simplista, maniquea, incompleta,
unilateral, pero, aun así, aceptémosla por el momento, así sea
porque efectivamente chaleco y pistolero son dos hechos
perfectamente constatables uno a uno. Se trata, simplemente, de
decidir cómo enfrentar la situación. La respuesta más humana, la más
natural e instintiva, es una actitud que la historia de las guerras
conoce hasta el cansancio, la actitud que ha eternizado los 2.000 y
tantos años de conflicto judeo-palestino: la culpa nunca es mía, es
tuya.
Es el ABC de la guerra: nunca darle armas al enemigo. Ni siquiera
metafóricas, ni mucho menos retóricas.
Se trata pues, simplemente, de decidir si lo que se quiere es
guerra. En ese caso, no hay que inventar mucho. Basta parafrasear el
“españoles y canarios...” y asegurarse así una inocencia a toda
prueba. Sólo hay que tener claro, bien claro, que ello no es ni será
nunca garantía de supervivencia.
Pero volvamos a “Periodista Enchalecado” y “Dedo Engatillado”: están
allí, y allí pueden seguir, ad eternum, uno frente al otro, hasta
que alguno de los dos, o de quienes están detrás de los dos, logre
imponer esa única solución que la irracionalidad acepta, y que
necesariamente pasa por el sometimiento, la exterminación y/o –feo,
el “y/o”, pero en extremo pertinente– la muerte del otro. ¿Qué puede
hacer la racionalidad que busca deslindarse de tamaña locura y
cerrarle el paso?
Tal vez lo único que pueda hacerse es lo que hoy intentan los
israelitas sensatos y los palestinos sensatos: desmontar la
desconfianza mutua, como paso primero e indispensable hacia el
entendimiento. El papel del hombre sensato, en Tel Aviv como en Gaza,
en Chuao o en El Silencio, no es ni puede ser otro que el de
revisarse a sí mismo y deslastrar sus actuaciones de todo aquello
por lo que ha incriminado a su vecino. ¿Cuántos muertos nos separan
de una Intifada de las hordas bolivarianas o de un “ataque
preventivo” de las turbas fascistas?
Hay maneras más sofisticadas y elegantes, y aun más breves, de decir
todo lo anterior. Esta, por ejemplo, que vale aquí rescatar de un
pensador demasiado prematuramente olvidado por editoriales y
lectores:
“Toda filosofía no es sino justificación de uno mismo. La única
filosofía original sería aquélla que justificase a otro”.
No estamos ya en el campo de las teorías bélicas, pero tampoco es
esto una mera filantropada, ni utopía renacentista, ni consejo de
auto-ayuda. Es, en cierta forma, en síntesis mínima, la ética de
Albert Camus. No llega la cita a estas líneas por casualidad, ni
mucho menos traída por los cabellos. Camus, valga recordarlo, fue no
sólo el escritor, Premio Nobel, que profundizó como ninguno en el
tema del absurdo, o el que quizá con mayor honestidad exploró el de
la rebeldía. También fue periodista, y también guerrero: en plena
guerra mundial, bajo la ocupación nazi de Francia, encabezó la
redacción de un periódico que hizo sobrado honor a su nombre: Combat.
¿Qué puede decirnos hoy esa frase de Camus? ¿Qué puede decirnos hoy,
cuando sabemos que las éticas –¡hay tantas!– han dado siempre para
todo, y que en su(s) nombre(s) se han perpetrado no pocas de las
peores atrocidades que haya conocido la humanidad?
Cierto: en el mejor de los casos, las éticas raramente sirven para
eludir otra guerra que la que a cada quien pueda darle su propia
conciencia. Pero esta de Camus se anuncia distinta: supuestamente
sirve para hallar –o procurar, al menos– la paz, si no con, al menos
ante el Otro. Se trata de una ética y una paz, además, que no eluden
la pelea. Por el contrario, buscan ganarla de la manera más completa
y contundente: desnudando al “adversario” en su falsía, demostrando
siempre una verdad, “la verdad”, aun en el caso de que ella no sirva
a los propios intereses.
Obviamente, hay formas más expeditas de conseguir la paz: la
violencia, la guerra, el sometimiento. Una vez más, se trata
simplemente de decidir. Importante, para quienes no quieren hacer
guerra sino periodismo, es saber, con Camus, que sí es posible un
periodismo dispuesto a combatir y atento a la vez a no ser mera
justificación de sí mismo.
No sólo posible, sino necesario. ¿Requisitos? Uno solo y primordial:
la consistencia. Nadie es dueño de La Verdad, pero el que crea
hallarla deberá mostrar una y siempre la misma. Ante el otro y ante
sí mismo, en primer lugar. A eso se reduce la ética.
Más difícil, hoy, parece ser el recordar qué cosa era en definitiva
aquello del periodismo.
Perogrullo extraviado
“Colgate combate las caries y deja tus dientes blancos”. Lo dice
la cajita y lo han repetido por años las cuñas de radio y TV, los
avisos de prensa, las vallas publicitarias. Allá en alguna agencia o
en algún panteón del mercadeo, ha de haber algún creativo satisfecho
por la longevidad de su feliz frase. Y por su impunidad: nadie,
nunca, ha demandado a Colgate por tamaña falsedad. Por alguna
extraña razón, se asume que la publicidad puede dar por cierto lo
que es mentira. Para el consumidor, un premio de consolación: si no
te gusta, cómprate otra.
Llámese publicidad o propaganda, esa suerte de libre albedrío vale
no sólo en lo que toca a la dentadura, sino a cualquier canino,
incisivo o molar de la vida que le venga en gana al creativo del
caso: sexo, felicidad, prestigio, belleza... Y política, por
supuesto. La palestra pública, ya se sabe, ha estado siempre llena
de corruptos publicitariamente “vendidos” como hombres probos. Una
vez más: si no te gusta, cómprate otro. Si una mayonesa o un partido
político me mienten, mis opciones de respuesta oscilan entre Kraft,
Mavesa y la batida en casa. Para eso es la democracia del consumo.
Pero ese libre albedrío no lo tiene el odontólogo. No puede decirte
que “Colgate combate las caries y deja tus dientes blancos”, porque
al primer colmillo perforado o caído, pierde irremediablemente su
reputación. No es tanto asunto de que puedas o no demandarlo. Lo
importante es que también se verá perforada o caída otra cosa más
grave: su ética.
Entre esas dos dentelladas, la del publicista y la del odontólogo,
cabalga el periodista. No tiene que ser un erudito en dientes, pero
tampoco puede ser simplemente un inventor de frases más o menos
felices. Para decir que “Colgate etcétera etcétera”, tiene que
investigar, remitirse a los hechos, consultar fuentes,
contrastarlas, suministrar los qué, cómo, cuándo, dónde, porqué y
aun los pero y los no obstante.
Es falso, inmoral e inaceptable que la responsabilidad del
periodismo pueda resolverse con un “si no te gusta, cómprate otro”.
La bendita, la inefable, la inasible objetividad
Años atrás, en la prehistoria de todo esto, el periodismo dio
una importante batalla contra sí mismo. Aprendió así que informar no
es presentar un mero catálogo de hechos inconexos o inventariar
cifras sin sacar las cuentas. Aprendió así que a la mal llamada
“objetividad periodística”, esa cosa que en realidad nunca existió,
esa cosa inefable e inasible que nunca sirvió más que como excusa
para tapar el sexo de los ángeles, le había llegado el momento de la
extremaunción.
Desde entonces, el buen periodismo –y quizá el único verdadero– se
distingue porque analiza, critica, interpreta, muerde y mastica duro
en los hechos. Más aún, para muchos de nosotros “buen periodismo” es
ése de combate, incisivo, incómodo, que en cada tecla o cada palabra
le exige a quien lo practica tomar partido: poner la mente y el
corazón, pero también el pellejo –también el pellejo– en todo lo que
dice.
“Tomar partido”. ¿Qué significa eso? Significa lo que siempre se
ocultó tras la presunta objetividad: al transformar los hechos en
información, el periodista, quiéralo o no, con mayor o menor ímpetu,
le imprime a ésta su propia perspectiva. El medio de comunicación
–por lo general más queriendo que no queriendo– le imprime a su vez
la orientación de su línea editorial. Vale para uno, vale para el
otro, vale para todos: periódico y periodista son y han de ser
libres de escoger y hacer pública su propia perspectiva. Un solo
complemento directo para esto: son libres de hacerlo en el ejercicio
de su deber. Que además es también uno solo, claro y preciso:
informar. En otras palabras: la perspectiva informativa no es
“enjuiciable”; el ejercicio informativo sí.
Sí, la bendita objetividad reposa en el panteón de las ánimas
perdidas, y ojalá que allí permanezca por los siglos de los siglos.
Lo que no ha muerto ni puede nunca morir es la responsabilidad del
periodista. Para consigo mismo, para con el lector y, muy
especialmente, para con los basamentos esenciales del oficio.
“Tomar partido” no es para el periodismo una patente de corso que
permita usar la información como instrumento de un interés distinto
al que ella misma expresa. Mucho menos de intereses propios. Sean
cuales fueren.
Los Próceres, enero 3
Ha podido ser una persecución policial en las inmediaciones de
alguna plaza caraqueña, un allanamiento en una casa llena de armas,
una ley habilitante o un concierto en el Teresa, pero en este caso,
ya que se trata sólo de explorar ejemplos, valga que sea una marcha.
El o la reportera –olvidemos el nombre por un momento: ese reportero
somos todos– recibe la pauta. Va, mira, observa, pregunta y, en un
estricto ejercicio profesional, entrega finalmente su trabajo: pasó
esto y lo otro y aquello. ¿Ha podido ver más? Tal vez. Lo que no
puede es inventar, y no lo hace. Ha cumplido su labor.
Pero algo pasa. Del escritorio a la rotativa, al parecer, es largo
el trecho. En los titulares, en la primera plana, “aquello” se
pierde, “esto” se convierte en “lo otro” y, mediante todas las
viceversas del caso, el impecable ejercicio profesional queda
minimizado, relegado y desvalorizado por una apabullante cobertura
que propagandiza –ojo: el terreno de la información ha quedado
atrás– una cierta versión de lo ocurrido. En disonancia total, por
demás, con el trabajo de la o el reportero.
Ya: olvidemos lo de “el o la reportera”. Digamos otra vez “todos”, e
incluyamos en ese pronombre al editor, al jefe de sección, al jefe
de información o lo que sea y a cuantos quiera que estemos en esa
cadena que va del escritorio aquél hasta justo antes del punto o
lugar o momento en que la información recabada pasa a ser
debidamente ajustada a los requerimientos no ya de la línea sino de
la batalla editorial, y se arman así los titulares, la primera
plana, la Gran Verdad del diario o del noticiero.
Olvidemos, incluso, a quienes están convencidos de que la función
del periodismo es hoy hacer libre uso de la información para
combatir contra un enemigo –cualquiera que sea–, y que ese combate
justifica el olvido de la ética. Son evidente mayoría, o tienen en
todo caso en sus manos el poder de decisión, pero, aun así,
olvidémoslos momentáneamente: atengámonos sólo a los que queremos
seguir creyendo que no hay en el orbe un solo fin que justifique
todos los medios.
Dicho así, dirigido a ti, a mí, a él, a nosotros, suena grosero,
suena antipático, suena provocador, pero hay que decirlo: ¿podemos
–este plural no es casual ni difuso: quien esto escribe se pone de
primero en la cola–, podemos, digo, dar por salvada nuestra
responsabilidad, nuestra ética, nuestro profesionalismo, con el
simple alegato de “yo cumplí mi labor”?
Manipulación informativa, tergiversación de los hechos, sesgo,
desequilibrio, magnificación, minimización, sobresaturación,
silenciamiento, veto. Ocurre todos los días, en todos nuestros
periódicos y noticieros y emisoras. En grande, en pequeño, en
flagrancia, en enmascaramiento, en tergiversación, en ahogamiento de
unas pocas palabras ciertas bajo el océano de un discurso falso.
Y no estamos hablando de pasta de dientes.
Mi mundo: el mundo
Habría que haberse tomado más en serio las clases de
Estadística. Haber aprendido a diseñar un muestreo con base mínima
de representatividad y margen de error confiable. Y entonces llegar
a las salas de redacción y preguntarle a los colegas, por ejemplo:
¿en qué andabas tú cuando Lusinchi le soltó al reportero el “tú a mí
no me jodes”?
Sería esa una forma de probar lo que aquí se asoma como mera
intuición: que para un número considerable y muy posiblemente
mayoritario de los periodistas que hoy laboran en los grandes
diarios y noticieros de radio y TV, el ejercicio profesional
difícilmente se remonta más allá de lo que llamamos “Caldera II”, y
en no pocos casos –seguramente muchos– se inició después de 1998. O
sea, en los tiempos –las guerras– que corren.
Fuera de la inocultable envidia que esa juventud pueda suscitar(me)
y de las interrogantes que genera –¿es eso casual e inocente, o
expresión de un propósito bien determinado?–, de tal circunstancia
cabe extraer una conclusión: para un cierto número de periodistas
–digámoslo así, a falta de certezas estadísticas–, lo que hoy se
hace en los periódicos, en las radios, en las televisoras, es “lo
normal”. Para otros, los más envidiablemente jóvenes, nuestros
pasantes de hoy y futuros jefes de redacción, más aún: es “la
escuela”, el “deber ser”.
¿Y qué es “lo normal”? Si no fuese tan descortés, si no fuese porque
está todo tan ahí, tan a la vista de quien quiera verlo, se podrían
mencionar montañas de “prototipos de lo normal” con su debido
entrecomillado y fecha y página o día y hora de emisión. “Normal”,
por decir cualquier cosa, es pasar “cortésmente” por alto las
contradicciones de un entrevistado y manotearle el micrófono en la
cara a otro, es distribuir a conveniencia las preguntas “incómodas”
y las “complacientes”, es formular una denuncia y “olvidarse” de
recoger la versión del denunciado, es salpicar y hasta anegar la
información con juicios de valor que responden a un interés político
o económico y no al propiamente noticioso, es difundir información
no confirmada, transformar la bola en noticia, hacer de la
jerarquización una balanza de intereses, excluir –vetar es la
palabra precisa– a importantes factores políticos y a sectores
sociales mayoritarios, convertir el “periodismo” en mera caja de
resonancia para la –recordemos a Camus– “justificación de uno
mismo”. “Normal”, hoy, es la olla. “Normal”, hoy, es dar por
suspendido el mundo: hace rato ya que para estar medianamente
informado de lo que acontece en la sociedad, en el país, en el
planeta, para saber de aquello que no es o no sirve al pecunio
respectivo en el “tema único”, hay que hacer zapping de TV
extranjera y de Internet, por una parte, y de la otra, malabarismos
de entrelíneas.
Lugar común: el periodista se ha hecho juez y parte.
Otro lugar común: “el niño maltratado de hoy será el adulto
maltratador de mañana”.
¡Válganos Dios, el mañana que nos espera!
Periodismo de guerra / guerra de periodismo
Un lugarcomunismo más: en la guerra todo se vale. Para empezar, se
vale el rescate –oportuno, en boga, pero además inobjetable– del
bolivariano “la prensa es la artillería del pensamiento”. Y a partir
de allí, faltaba más, lanzarse a las trincheras del Correo del
Orinoco.
O también, por qué no, y según los gustos y personales inclinaciones
o declinaciones de cada quien, lanzarse a las angosturas de alguno
cualquiera de los tantos altamiranospuntocom o llagunospuntoídem.
Desde allí se libra, o se es libre de librar, la guerra del
periodismo. Con un mínimo de compostura –alguna Convención de
Ginebra ha de haber también para esto–, puede quienquiera afirmar
rotundamente que el general Acosta Carles tomó la fábrica de Colgate
y, con la ayuda personal de Raúl Castro, llenó de cianuro los tubos
de pasta, a sabiendas de que los círculos infernales no se cepillan
los dientes. O, viceversa, que el coronel Soto, con el auxilio de
Otto Reich y de Leonor Mendoza, hizo lo propio con las perolitas del
Oso, en la seguridad de que los fascistas carmoniacos no eructan al
tomar etiqueta negra.
Puede quienquiera, ironías aparte –y digámoslo con todo el respeto
que merece quien se entrega a una causa que tiene por justa–, hacer
de la prensa un arma para su guerra contra esto o aquello y, en
consecuencia, publicar en ella exclusivamente lo que convenga a sus
planes de combate.
El periodismo de guerra –pongamos que ya estamos ahí– es otra cosa.
A diferencia de lo que podríamos llamar “el guerrero de la
corresponsalía”, el corresponsal de guerra no está en el campo de
batalla para hablar de “nuestras valerosas tropas” o del “cobarde
enemigo”, no puede decir “ingenioso repliegue” cuando ha visto una
desbandada, ni celebrar “heroicas acciones” cuando ha presenciado
masacres. Está ahí para decir cuántos muertos hay de lado y lado,
quién avanza y quién retrocede, cuál y cómo es la estrategia de cada
parte, qué se pierde y qué se gana. Y para tratar de entender, y dar
a entender, las causas, las condiciones, las consecuencias de esa
guerra.
Perogrullo, parte II: el periodismo es un servicio público. Su
oferta –su “promesa básica”, en argot publicitario– es clara y
sencilla: in-for-ma-ción. A partir de allí, se abren las opciones,
las especialidades, los segmentos y nichos de mercado: la óptica
puede ser liberal o conservadora, ultraizquierdista o
ultraderechista, opusdeísta o camilista, y aún escoger libremente
entre todo un maratón de antípodas etcéteras. Pero la información
tiene que ser información. No se puede ofrecer pasta de dientes y
entregar mayonesa.
El mensaje y el mensajero
Se ha puesto de moda decir que la verdad no existe. Que hay en
cambio mi verdad, tu verdad, la de ellos, la nuestra y hasta la de
vosotros, que también El País de Madrid tiene la suya en esto que
nos toca. Cosa tan cómoda.
Lástima que todos sepamos que esa idea es una soberana estupidez. No
es sólo que la verdad es siempre una; es que si hubiese muchas,
nuestra labor, por definición, sería recogerlas todas.
La verdad, la modesta verdad, la que ni lleva ni reclama mayúsculas,
no sólo existe y es terca como nadie, sino que suele además ser una
tipa bastante maleducada: no tiene el más mínimo interés en caerle
bien a nadie, y menos que menos en llevárselas con todos a la vez.
Tampoco es que sea de por sí agresiva o provocadora o insidiosa:
simplemente es. Claro que su desfachatez la compensa con una
ventaja: cuando es, no hay –en buena lid, se entiende– cómo
rebatirla o contestarle.
“Periodismo”, se le ocurre a uno, debería ser sinónimo de “verdad”.
Y no hablemos ya de éticas, sino por una pragmatiquísima razón: a
toda persona, a toda sociedad, a toda nación y hasta a todo planeta,
le hace falta saber dónde está parado. Le hace falta que le digan lo
que es. Cáigale como le caiga.
No es fácil atenerse siempre a la estricta verdad. Quienquiera que
haya estado alguna vez en una sala de redacción y sepa lo que es la
hora de cierre, sabe que hay tres o cuatro millones de imponderables
que atentan día a día contra la exactitud y a favor del error.
Un diario, un diario deportivo, pongamos por caso, puede
erróneamente anunciar para las 7:00 pm un Caracas-Magallanes
programado para las 5:00 de la tarde. Errarem humanum est. Cosas más
graves podrían suceder. Como decir luego, verbigracia, que el
partido terminó tres a cero cuando fue tres a dos. Puestos a
imaginar las reservas potenciales del inefable “factor humano”,
hasta podría ese diario llegar a invertir el cuadro para dar por
ganador al perdedor, y no una vez, sino en dos o tres juegos o aun
en cada encuentro de la serie.
Claro que entonces, al periodista que lleva la fuente lo botan. Por
inepto. Por incapaz. Por caraquista o por magallanero. Y hasta por
conmiseración: para que no lo linche la fanaticada. O por simple
instinto de sobrevivencia: para que los hinchas no quemen el diario
o la emisora. Porque sucede que en este caso sí hay cómo
contestarle: no ha dicho “lo que es”, sino “otra cosa”. Difícil
establecer en qué momento una cosa se transforma en otra, pero así
como una suma de errores conduce a la catástrofe, es evidente que
una sucesión de “medias verdades” termina indefectiblemente
conformando una gran mentira.
No sólo en los diccionarios filosóficos, no sólo en teología, sino
en la vida chica, en el menudo hacer, “libertad” es sinónimo de
“responsabilidad”. No es cuestión de preceptivas: ser “libre”
significa “yo me asumo a mí mismo”. Para bien y para mal, que diría
la Biblia.
En pocas palabras: para que a nadie se le vaya a ocurrir matarlo
porque no le gusta el mensaje que trae, el mensajero tiene que
cuidarse no tanto de vestir chalecos antibalas o mascaras antigases
como de decir “lo que es” y no “otra cosa”. La verdad es su riesgo,
y también su única defensa.
Los intocables
Un médico, un cirujano, pongamos por caso, que olvida una gasa
en el abdomen de un paciente al suturarlo, incurre en algo más que
“un error”. Incurre en malpraxis médica. Es un delito: la ley lo
tipifica y lo penaliza. Lo mismo, con variantes, sucede con una
serie de profesiones cuyo ejercicio indebido puede tener
consecuencias graves: ingenieros, arquitectos, bioanalistas y un
largo etcétera que, sospecho, debe llegar hasta los pilotos y
choferes.
Hay todas las consideraciones del caso: cualquier juez medianamente
justo, cualquier Federación Médica medianamente obesa de ojos como
la nuestra, entiende rápidamente que al mejor cazador se le va una
liebre. Pero si el cirujano indica una histerectomía cuando sabe que
apenas hay un quiste, o el ingeniero coloca cabillas de 1/8’ cuando
se requieren de 1/3’, o el bioanalista se limita a señalar la
presencia de amibas donde encontró VIH, ya no se puede hablar de la
velocidad de las liebres. Y si lo hace, cualquiera de ellos,
continuamente, sea por interés pecuniario o simple indolencia, ya no
queda sino hablar de criminalidad. El médico, el ingeniero, el
bioanalista y el etcétera no pueden responder por ese crimen con el
fácil expediente de aceptar que se equivocaron o de darle “un
derecho de réplica” a la o las víctimas.
Habría que preguntarse por qué extraña razón estamos los periodistas
exonerados del delito de malpraxis profesional. O no, rectifico:
habría que preguntarse por qué extraña razón se cuidan tanto los
propietarios de los medios de comunicación de que los periodistas
estemos exonerados del delito de malpraxis profesional.
La omisión de un “presuntamente” puede arrancarle el hígado a una
vida entera de plena honorabilidad, una fotoleyenda malintencionada
puede dinamitar los cimientos de una imagen de altura, un titular de
doble sentido puede infectar de cizaña a todo un organismo sano. Una
multa. Gracias a los desvelos de “nuestros” propietarios, gracias a
la SIP, gracias a la “primera enmienda” aquélla –urbi et orbe es su
magistratura–, una sanción monetaria es todo lo que arriesgamos. En
el peor de los casos. Y no es raro que se ocupen “ellos” de
pagárnosla.
El quinto poder. Ha caído en desuso esa expresión, y no sólo en
Venezuela ni porque aquí “la bolivariana” nos haya convertido
precisamente en cinco los tres clásicos de Montesquieu. Ha caído en
desuso, sencillamente, porque ya no es el quinto, ni el cuarto, ni
el tercero ni el segundo: se ha salido de esa carrera, aunque no
precisamente por debilidad. Es un poder autárquico, impune e inmune,
al que nada ni nadie controla. Más allá del bien y del mal, está por
encima del Ejecutivo, del Legislativo, del Judicial y de cualquier
otro poder o ley que hayan podido hasta ahora inventarse los hombres
para regirse en sociedad.
Los periodistas no tenemos necesidad de debatir si es o no omnímodo
el poder de los medios de comunicación: conocemos sobradamente sus
alcances. Y aunque sabemos, a despecho de religiosidades, que al
mundo no lo hizo la palabra, conocemos también –o deberíamos, o
tenemos con qué conocer– cuánto y cómo puede hacer la palabra, la
imagen, el signo, para moldear el mundo. No hay en toda la historia
de la humanidad otra “causa de muerte” que haya cobrado más vidas
que la palabra.
Hoy, la malpraxis que enfrentamos no es la del cirujano aquél. Es la
de “hospitales” enteros. Peor: es la del “sistema hospitalario” en
su conjunto. Hoy, en lo que toca al “pensamiento único” –que es como
decir a todo lo que en Venezuela ocurre o importa o merece ser
mencionado–, los medios de “comunicación” –de ese hospital y ese
sistema hablamos– forman un inmenso monopolio de la manipulación y
la mentira.
El problema no ya la honorabilidad –real, ficticia o dudosa– de
algún general-empresario. No es siquiera la rabia del chavista que
marchó y es “desaparecido” por los medios de un plumazo, o del
vecino antichavista que es empujado a la paranoia y a las armas. El
problema no es que haya chavistas y antichavistas y se combatan
mutuamente como les venga en gana. El problema es que lo hacen sobre
un escenario de utilería. Es la construcción de un “imaginario
colectivo” que no se corresponde con aquélla “la humilde verdad”. Y
lo que ese “imaginario” pone en riesgo no son reputaciones ni
saludes individuales. Lo que pone en riesgo es la existencia del
colectivo mismo, de la sociedad como un todo.
Si somos periodistas...
Todo el quiera, todo el que esté dispuesto por un instante a
librarse de fanatismos, a quitarse por un momento de los ojos el
distorsionante “lente” de la máscara antigas, puede hoy percatarse
de que no sólo los gobiernos o los Estados pueden ser dictatoriales
o totalitarios. Totalitarismo es también, y sobre todo, la
imposición de un “pensamiento único”.
¿Quiénes construyen ese “pensamiento único”? Son muchos los
constructores: nosotros somos parte de ellos. Pero sucede que no
somos cualquier parte. Sucede que no somos líderes políticos, ni
guardias nacionales, ni “brigadistas del orden”, ni diputados, ni
jueces, ni ministros, ni contadores de votos ni “defensores del
pueblo”. Somos periodistas. ¿Somos, además, sensatos? Volvamos un
momento cada día a Gaza y Tel Aviv: comencemos por mirarnos hacia
adentro.
La ética es otra cosa: asunto terrible que sí obliga, a quien quiera
asomarse a ella, a ser juez y parte, pero exclusivamente de sí
mismo. Sea cada quien su propio Torquemada y enfréntese a su propia
Inquisición.
Vale sólo recordar que complicidades hay muchas. La más modesta es
callar. Pero modesta sólo por tímida, por rehuir las candilejas,
nunca por sus capacidades potenciales.
Una vez más, una última vez: se trata, simplemente, de saber lo que
se quiere y decidir en consecuencia. Y actuar. Actuar como, cuando,
donde y en la dirección que a cada uno le indique su propia
conciencia. Con la urgencia, con el grado de compromiso, con la
participación y el tipo de acciones que cada quien perciba
necesarios frente a lo que ve. Pero actuar. Porque si sólo vemos los
hechos y no transmitimos la información, seremos cualquier cosa,
pero no periodistas.
Off the record
No porque sea secreto, sino porque es otro tema: el país está
ahí, arriba y abajo, a un lado y al otro, con sus Chávez y sus
Ortegas, sus Lulas y sus Bush, rodeando como un todo al periodismo,
enchalecado o no.
Obviamente, el tema “ejercicio del periodismo en Venezuela” no puede
ser discutido al margen del tema “Venezuela”. Allí tenemos campo
abierto para sembrar, regar y cosechar nuestras más legítimas
diferencias de criterio. No obstante, lo que aquí se ha querido
expresar, sin que eso signifique que no estemos abiertos a discutir
el país como tal, son preocupaciones –más bien angustias– que igual
podrían concernir, por decirlo de alguna manera, al colega-hortelano
de Globovisión y al de VTV.
Con ópticas opuestas, naturalmente, desde los extremos de uno y otro
bando se percibe en el adversario una amenaza para lo que cada quien
concibe como libertad de expresión. Lo que todavía pocos se detienen
a pensar es en la magnitud de la amenaza que para esa libertad
representa, precisamente, la perversión del oficio periodístico en
sí misma. No se trata, solamente, de lo que ya alguien ha llamado
“tiempos oscuros para el periodismo”. Se trata de las tempestades
que estos oscuros tiempos apenas prefiguran.
Cuando “los hechos” dejan de ser “los hechos” para convertirse en
instrumento de intereses ajenos a ellos mismos, cuando “la verdad”
se pervierte y manipula, no importa desde qué bando o a favor de
cual, se le está brindando a la irracionalidad del conflicto un
aporte muchísimo más contundente que el de cualquier dedo
engatillado. La artillería del pensamiento es de alto calibre.
Empecinarse en esa vía es conducirnos a todos por un camino en el
que, indefectiblemente, uno de los dos bandos tendrá que imponerse
de manera brutal y dictatorial sobre el otro. Si llegamos allí, ya
no habrá cómo discutir ni de libertad de expresión ni de ejercicio
del periodismo.
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